En Salta venimos de una temporada alta de efemérides que marcan el pulso de nuestra identidad, desde la gesta de Güemes hasta el Día de la Bandera, recordándonos que somos un país que todavía sigue reescribiéndose.
En la Argentina de las asimetrías, el Estado nacional concentra la recaudación y la disposición de los recursos, mientras que las provincias sostienen día a día los servicios básicos: la educación, la salud, la seguridad y la justicia.
Güemes nos enseñó, con su ejército de gauchos y su entrega absoluta, que el federalismo se defiende con el cuerpo y que el destino de las provincias no puede ser dictado por la indiferencia de un centralismo.
Siete kilómetros de fila humana para rozar un féretro ajeno; una Plaza de Mayo con dos millones de almas capaces de desafiar el frío y el cansancio para tributar a un mito.
Somos cada vez más los argentinos que pensamos que hemos votado a un estulto como presidente de la Nación. Porque cada vez más, Javier Milei, hace méritos para que pensemos así.
Hoy quiero hablar de algo que atraviesa a toda la Argentina y afecta a todos los argentinos. No importa si sos trabajador, productor, camionero, comerciante, docente, médico o simplemente una familia que tiene que viajar.
La sociedad argentina transita entre dos realidades igualmente peligrosas: la carencia absoluta de líderes y la anomia que ha ganado a la población. Por un lado, la única figura que podría concentrar esa suerte de conducción que es el presidente, se conduce como un barra brava, y por el otro lado, la crisis de las Instituciones fundamentales de la república, nos han llevado a la pérdida del valor orden y justicia.
La política sospecha de la política. Un proyecto importante, que modifica la ley que rige el funcionamiento del Jury de Enjuiciamiento de Magistrados, fue analizado buscando segundas intenciones y ya está movilizando a los especialistas en derecho constitucional.
Yo hoy quiero arrancar con una sola pregunta…para Javier Milei, y para Luis Caputo… ¿Cómo pueden seguir sosteniendo que bajaron la inflación… si a la gente le aumentó todo?
La propuesta que imagina un país administrado durante diez años por figuras como San Martín, Belgrano y Sarmiento, con eje en la eficiencia, la ética pública y la planificación estatal.
Una pregunta atraviesa hoy a la sociedad argentina: ¿Qué nos pasó? Qué nos pasó que estamos en un estado de anestesia social frente al derrumbe evidente de las condiciones de vida de un pueblo que observa sin reaccionar cómo se destruye el contrato social.
Cada vez son más los argentinos que sucumben abrumados por el desánimo y el pesimismo. ¿Y cómo no? Los entiendo, comparto esas emociones y comprendo las razones.
Hay épocas en la Argentina que se recuerdan por grandes gestas, por crisis profundas o por cambios de época. Y después están estos tiempos raros, donde —permítanme la ironía— la vida parece transcurrir entre un escándalo y otro, como si la agenda pública fuera una serie interminable de capítulos donde siempre hay un nuevo giro, pero nunca una resolución.
Con el voto del oficialismo, la Cámara de Diputados dio media sanción a modificaciones al régimen electoral provincial. El resultado era previsible pero fue un espejo en el que se reflejó la polarización que caracteriza a la política argentina.
Hay decisiones políticas que parecen frías, estratégicas, casi quirúrgicas. Pero no siempre lo son. A veces —muchas veces— están atravesadas por algo mucho más humano: el dolor.
Hay una escena que se repite en la Argentina con una precisión casi científica. Pasa en la política. Pasa en el periodismo. Pasa -si somos honestos- en la vida cotidiana. Aquí, nadie se equivoca. Nadie pide perdón. Nadie revisa lo que dijo o lo que hizo antes. Lo peor es que nadie se detiene a pensar si, tal vez, estaba equivocado.