
Los fariseos de la política
Es la del fariseo en el Templo: un hombre que se para en el lugar más visible, infla el pecho y, con voz engolada, reza diciendo: "Gracias, Dios, porque no soy como los demás hombres... pecadores, injustos, adúlteros". El fariseo no va al Templo a encontrarse con la trascendencia; va a mirarse en el espejo y a decirse lo perfecto que es, mientras señala con el dedo al de al lado.
Hoy, en la política argentina, asistimos a una nueva puesta en escena de este pasaje. Escuchamos desde el sector libertario una narrativa que se pretende fundacional. "Nosotros somos diferentes", "Nosotros somos los puros", "Nosotros somos mejores". Se presentaron ante una sociedad agotada no como una alternativa política, sino como una reserva moral.
Pero el problema de subirse a un pedestal de pureza es que la caída es mucho más ruidosa. Cuando el discurso de "la casta" se choca con los nombramientos de familiares en el Estado; cuando la bandera de la transparencia se enreda en causas de corrupción que empiezan a asomar; cuando el nepotismo se disfraza de "gente de confianza", el fariseo queda al desnudo.
Resulta que no eran tan distintos. Resulta que el "pecado" que señalaban en el otro -el uso del Estado para beneficio propio- parece ser un vicio que no conoce de ideologías, sino de falta de escrúpulos.
La reflexión de fondo no es sólo técnica, es humana. Para gobernar se necesita idoneidad, por supuesto, pero la idoneidad sin ética es peligrosa, y la ética sin humildad es falsa. La verdadera moral no se grita en los balcones ni se postea en redes sociales; se demuestra en el silencio de las decisiones administrativas, en el respeto por las normas y en la capacidad de reconocer que nadie es dueño de la verdad absoluta.
Ser "diferentes" no se dice, se nota. Si para salvar al país necesitan copiar las mañas de los que pretendían desterrar, entonces no estamos ante un cambio, sino ante un simple relevo de privilegios.
Mañana, cuando escuchemos a alguien decir "no somos como aquellos", recordemos que la humildad es el primer requisito de la grandeza. Porque al final del día, los pueblos no necesitan profetas de la moral que se crean santos, sino servidores públicos que entiendan que el poder es una carga de responsabilidad, no un trofeo para el ego.


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