
El Güemes que nos convoca, nuestro norte que espera y la ética de la función

Caminar por las calles de Salta en estas mañanas frías de junio nos obliga a subirnos el cuello del abrigo y, casi sin querer, a apurar el paso. Es el otoño salteño, llegando al invierno. Si uno se detiene un segundo, nota que ese frío no es solo una cuestión climática; es también el clima de un mes que en Salta nos pone de frente con lo más íntimo de nuestra identidad.
A veces, entre el vapor de los termos o las máquinas de café y el movimiento apurado de los vecinos, uno siente que el tiempo no es algo que simplemente pasa y aplasta, sino un hilo invisible que nos va atando a los que estuvieron antes y a los que vendrán después… y en el medio nosotros. Esa sensación de permanencia es la que nos invade al prepararnos para un nuevo aniversario del paso a la inmortalidad de nuestro General Martín Miguel de Güemes. Recordarlo no es un ejercicio de nostalgia; es reafirmar una convicción política y soberana: la Patria no se termina en el puerto de Buenos Aires y jamás aceptaremos tales condiciones.
Güemes nos enseñó, con su ejército de gauchos y su entrega absoluta, que el federalismo se defiende con el cuerpo y que el destino de las provincias no puede ser dictado por la indiferencia de un centralismo que hoy, como hace más de un centenario, a menudo parece mirar para otro lado mientras el interior profundo sostiene el país con su esfuerzo (con su gas, su voluntad y su mano de obra).
A Salta hay que entenderla como un enclave de producción e integración, y ahí aparece el nuevo aniversario de Tartagal. Desde acá escribo: Muchas veces se comete el error de pensar en nuestras ciudades del norte como puntos "alejados" o periféricos. Nada más lejos de la realidad. Tartagal no está en el borde, está en el corazón mismo del continente y del sur global.
El norte salteño es un centro neurálgico para proyectos como el Corredor Bioceánico, una respuesta concreta frente a un mundo que cruje pero que demanda nuestros alimentos y nuestra energía. El crecimiento de la Nación es imposible sin el empuje del norte.
Para que este desarrollo tenga sentido, debe estar respaldado por una ética de la responsabilidad que hoy parece estar en crisis.
No podemos ignorar las polémicas que sacuden la agenda mediática de la Argentina, como el caso de uno de los funcionarios más importantes del Estado Nacional, envuelto en dudas y acusaciones sobre un enriquecimiento que resulta, cuando menos, difícil de explicar para quien ejerce la función pública y mucho más inverosímil para cualquier trabajador de clase media o incluso media alta.
Como suelo decir, el verdadero poder es que te quieran o respeten, o al menos que te entiendan: el dinero casi siempre no importa, sobre todo cuando ya es tarde. En tiempos de incertidumbre, la transparencia no es un lujo, es una condición. Ser honesto y actuar en consecuencia es la base de la paz social y la única forma de que la sociedad no abandone la esperanza en sus pares y en sus instituciones.
A pesar de todo, sigo creyendo que estamos a tiempo: hay muchas cosas que nos convocan. La política debe servir para mejorar la vida de la gente, para nivelar hacia arriba como lo hace el guardapolvo blanco en nuestras escuelas. No es momento para la indiferencia ni para el escepticismo que nos proponen algunos, los voraces del dinero.
Para terminar: ¿Seremos capaces de honrar el legado de Güemes no solo con desfiles, sino con una conducta honesta que devuelva y ponga, de una vez por todas, a Salta y a la Argentina por encima de cualquier mezquindad individual?




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