
¿Hasta cuándo?

Hay una pregunta que empieza a escucharse en las calles, en los cafés y hasta en las sobremesas familiares: ¿hasta cuándo?
¿Hasta cuándo puede una sociedad soportar que el esfuerzo cotidiano no se traduzca en una mejora concreta de su calidad de vida? ¿Hasta cuándo alcanza la esperanza cuando el bolsillo sigue esperando?
Los argentinos tenemos una capacidad extraordinaria para adaptarnos. Nos adaptamos a las crisis, a la inflación, a los cambios de reglas, a los sobresaltos de la política y a las promesas de todos los gobiernos. Algunos llaman a eso resiliencia. Otros, simplemente, acostumbramiento.
Pero la resiliencia tiene una condición: debe conducir a un horizonte mejor. Nadie resiste indefinidamente si no percibe que el sacrificio tiene un sentido.
Quizás por eso la pregunta no sea económica, sino social. ¿Qué sostiene hoy la paciencia de millones de argentinos? ¿La confianza? ¿La expectativa? ¿La falta de alternativas? ¿O el temor a que cualquier cambio vuelva a ser peor que el presente?
Los gobiernos suelen creer que la sociedad mide el tiempo con el calendario electoral. No es así. La gente mide el tiempo con la heladera, con la factura de los servicios, con el alquiler, con el changuito del supermercado. Allí se escriben los verdaderos plazos de una gestión.
Toda democracia necesita paciencia. Pero también necesita resultados. Porque cuando el esfuerzo deja de ser un puente hacia el futuro y se convierte en un modo permanente de vivir, la paciencia comienza a desgastarse.
La gran incógnita no es cuándo termina el ajuste. La verdadera pregunta es otra: ¿cuál es el límite de una sociedad que siempre encuentra fuerzas para aguantar?
Nadie conoce esa respuesta. Y quizá el mayor error de cualquier gobierno sea creer que ese límite no existe.







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