
Alzheimer

No encontramos las llaves: “Tengo Alzheimer”.
Entramos a una habitación y no sabemos a qué: “Tengo Alzheimer”.
Nos reímos. El problema es cuando ese chiste nos hace creer que todo olvido es normal o simplemente “cosa de la edad”.
Porque el Alzheimer no es una consecuencia normal de envejecer.
Y en Argentina necesitamos hablar mucho más del tema.
Se estima que más de 500.000 personas viven con Alzheimer y hay un dato que preocupa todavía más: menos de la mitad de los casos estarían diagnosticados.
Es decir: muchas veces llegamos tarde.
Y detrás de cada diagnóstico no hay solamente un paciente. Hay una familia.
Una hija que empieza a llamar para saber si su mamá tomó la medicación. Un marido que tiene que aprender a cuidar a la mujer con la que compartió cuarenta años. Hijos que, lentamente, empiezan a convertirse en cuidadores de sus propios padres.
Hay algo muy doloroso en esta enfermedad: mientras una persona empieza a olvidar, muchas veces la familia tiene que empezar a recordar por dos.
Por eso necesitamos familias acompañadas y profesionales preparados.
Porque no alcanza con dar un diagnóstico.
¿Quién explica qué hacer cuando una persona pregunta diez veces lo mismo? ¿Cuando quiere salir de su casa porque dice que tiene que ir a trabajar aunque se haya jubilado hace veinte años? ¿Quién prepara a esa familia para lo que viene?
Y acá aparece algo fundamental: la detección temprana.
No significa que cada vez que perdamos las llaves salgamos corriendo al neurólogo, porque si fuera por eso media Argentina estaría haciendo fila.
Significa prestar atención a cambios persistentes: repetir constantemente preguntas, olvidar acontecimientos recientes, perderse en lugares conocidos o empezar a tener dificultades para hacer cosas que antes eran habituales.
Detectar temprano permite evaluar, acompañar y organizar mejor lo que viene.
Pero también tenemos que hablar de quien cuida.
Porque el cuidador se cansa, se angustia, siente culpa y muchas veces deja su propia vida de lado.
Y quizás hablar de Alzheimer también nos obliga a mirarnos como sociedad.
Porque vivimos en tiempos de memoria corta. Olvidamos rápido a nuestros mayores, olvidamos a quienes cuidaron de nosotros, olvidamos historias, afectos y hasta compromisos. Corremos detrás de lo nuevo y muchas veces dejamos atrás a quienes ya no pueden seguir nuestro ritmo.
El Alzheimer produce olvidos que una persona no puede elegir. El olvido social, en cambio, sí podemos evitarlo.
Por eso quizás tengamos que cambiar la pregunta.
No solamente preguntarnos qué hacemos con una persona con Alzheimer, sino:
¿Cómo acompañamos a una familia atravesada por el Alzheimer?
Porque esta enfermedad podrá ir borrando nombres, fechas o recuerdos.
Pero hay algo que nosotros, como sociedad, no podemos olvidar: la dignidad de esa persona.
Quizás algún día esa persona olvide quiénes somos.
Pero nosotros nunca podemos olvidarnos de ella.







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