
Ya no somos la especie dominante

Mirarían a su alrededor y verían a millones de seres humanos con la nuca fracturada, el rostro iluminado por un resplandor azulado y la mirada hipnotizada en un pequeño rectángulo de cristal. Pensarían, con lógica pura, que esos aparatos son los verdaderos dueños del planeta... y que nosotros solo somos sus sirvientes; esclavos devotos que los sacamos a pasear a la calle para que carguen batería y agarren señal.
Parece una exageración humorística, pero es una radiografía dolorosa de nuestro presente.
Nos hemos acostumbrado a caminar juntos pero absolutamente solos. Estamos cambiando la mirada a los ojos por el toque en la pantalla. Cambiamos la conversación espontánea en la mesa por la urgencia de responder una notificación que no puede esperar. En el camino, casi sin darnos cuenta, estamos perdiendo capas de humanidad y de sociabilidad.
Estamos abandonando el concepto de comunidad. Ese espacio donde nos cuidábamos, nos escuchábamos y nos reconocíamos en el otro. Lo hemos cambiado por un aislamiento voluntario, por un entierro en vida donde el mundo real queda relegado al fondo de la imagen.
Y después nos preguntamos de dónde viene esa angustia vital que hoy nos atraviesa a casi todos. Viene de ahí. De la desconexión. De olvidar que fuimos diseñados para encontrarnos, no para rendirle culto a una pantalla.
Quizás sea hora de levantar la cabeza, enderezar la nuca y volver a mirar a quien tenemos enfrente. Antes de que el rectángulo de luz termine por apagar lo mejor que nos queda: la capacidad de abrazarnos.







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