
Construir futuro superando la desigualdad y la indiferencia
religiosa para convertirse en un movimiento profundamente social y cultural.

Lo que pasa en Salta después de pasar agosto es una bendición aparte: a las flores de los lapachos las sucede El tiempo del Milagro.
Y este año por varias razones fue especial. Tan especial que el propio Nuncio Apostólico de la Argentina, la representación directa del Vaticano en el país, vino hasta nuestra provincia para ser testigo de una muestra de fe que cada vez es más grande, más profunda y con mayores implicancias. Basta con repasar la historia de la Procesión, incluso no tan lejana, y comprobar cómo año tras año conmueve a más y más personas. Se lo puede notar en su propia fisionomía: en como pasó de ser una ceremonia austera que recorría algunas cuadras del casco histórico, que luego se trasladó hacia el Paseo Güemes y que en la actualidad tiene su destino en el Monumento 20 de Febrero para que nadie se quede afuera.
Muchas cosas crecieron y cambiaron: como las peregrinaciones que llegan desde tantos lugares, cada vez convocando a más personas y afianzando los vínculos entre nuestras familias, nuestra tierra y nuestra espiritualidad. Sin embargo, hay algo que no cambia, y eso se percibe en la esencia, en los rostros, en el vínculo de fraternidad que la mayoría de la sociedad abraza durante este tiempo y que ojalá durase siempre más.
Lo escuchaba a Monseñor Cargnello hablando sobre los desafíos de nuestra época. Los problemas y las amenazas que acechan a las nuevas generaciones, el bombardeo mediático, las exigencias de consumo, la apatía y tantas veces el desánimo que conduce a la abulia paralizante. Abrazar la fe es parte del camino para recuperar lo que a veces parece haberse perdido. El Milagro Salteño entusiasma, es un bálsamo de paz en tiempos de turbulencia pero también un combustible espiritual.
Este año se hizo presente la vicepresidenta de la Nación, Victoria Villarruel. Siempre es importante que las autoridades nacionales acompañen: el Milagro es salteño pero no nos pertenece, pertenece a todo el pueblo argentino. Basta con ver las peregrinaciones que llegaron desde distintas provincias y la cantidad de visitantes que eligen septiembre para visitar Salta porque quieren sentirse cerca. Es un milagro de nuestra tierra para todo el mundo.
No es casualidad que en plena crisis del año 2001 el episcopado haya elegido la imagen del Señor y la Virgen del Milagro para hacer circular la Oración por la Patria. ¿La recuerdan? “Queremos ser nación, una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. Danos la valentía para amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz”. 25 años después la fe, la oración y la convocatoria
desde la espiritualidad a la vida social y política vuelve a interpelarnos.
Para ir cerrando, ayer participé de la inauguración de un nuevo modelo de Naciones Unidas de OAJNU. Allí, entre estudiantes avanzados del secundario, me acordé del Papa Francisco. Él decía que un joven sin utopías es un viejo adelantado. Por eso siempre les digo que sean utópicos, que sueñen en grande, que no acepten que lo posible ya está definido. No hay que perder nunca la capacidad de conmoverse frente a la injusticia ni el deseo de transformar la realidad. Que la desigualdad no resulte natural ni la indiferencia se convierta en costumbre.
Porque el futuro no es algo que simplemente llega: no responde a la espera pasiva, íntima y ensimismada justamente es al contrario: al futuro se lo construye desde la esperanza, que es una fuerza activa y un crédito de confianza y voluntad sobre porvenir.
Hasta la próxima







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