
Lo que nos dejó el Milagro

Pero este año me quedé pensando no tanto en lo que vamos a pedir, sino en lo que el Milagro nos dejó.
Porque cada septiembre repetimos una escena extraordinaria: miles de personas caminando kilómetros, familias abriendo sus casas, gente preparando comida para desconocidos, jóvenes alcanzando agua, vecinos ofreciendo un colchón y peregrinos llegando con los pies destruidos pero con una voluntad intacta.
Y ahí aparece una Salta que a veces parece esconderse durante el resto del año.
La Salta solidaria.
La que no pregunta de qué partido sos, cuánto tenés, dónde vivís ni a quién votaste. La que simplemente ve que alguien necesita algo y ayuda.
El Milagro tiene siglos de historia. Nació de una Salta que encontró en la fe una manera de atravesar el miedo y la adversidad. Y quizás por eso sigue teniendo tanta fuerza: porque cada generación encontró allí algo distinto que agradecer, algo que pedir y, muchas veces, algo de qué agarrarse.
Hay una frase popular que dice que “la fe mueve montañas”. En Salta podríamos agregar que también mueve pueblos enteros. Literalmente.
Pero el verdadero milagro tal vez no sea solamente ver llegar a miles de peregrinos.
El milagro es comprobar que todavía somos capaces de caminar al lado del otro.
En tiempos donde parece que para existir hay que gritar más fuerte, insultar mejor o encontrar un enemigo para cada problema, septiembre nos recuerda algo bastante más sencillo: nadie llega muy lejos solo.
Quizás eso sea lo que nos deja el Milagro cada año.
La certeza de que debajo de nuestras diferencias todavía existe una comunidad.
Y sería hermoso que esa Salta que aparece para recibir al peregrino no desaparezca cuando termine septiembre.
Porque después de todo, tal vez el mayor acto de fe no sea solamente creer.
Tal vez sea volver a creer en el otro.












