“Todavía estamos a tiempo de frenar esta locura”

Hay algo que está pasando en la Argentina y ya no se puede ocultar más. La gente siente angustia, bronca e incertidumbre. Porque la realidad ya no coincide con el relato oficial.


Opinión19/05/2026 Jorge Guaymás

JORGE GUAYMAS 19-05

Nos dicen que todo está mejorando, pero el comerciante vende menos, la pyme no llega a fin de mes, el trabajador perdió poder adquisitivo, los jubilados no pueden comprar remedios y los chicos comen peor.

Y llega un momento donde el discurso deja de entrar, porque la heladera no se llena con estadísticas.

Además, hay algo todavía más peligroso: nos quieren acostumbrar al sufrimiento.

Como si fuera normal trabajar y seguir siendo pobre. Como si fuera normal vivir endeudado. Como si fuera normal tener miedo de perder el empleo todos los días.

Y no. Eso no es normal.

Eso es el fracaso de una política económica que ajusta siempre sobre el mismo lugar: el pueblo trabajador.

Porque acá el esfuerzo nunca lo hacen los sectores más poderosos. El ajuste cae sobre los salarios, los jubilados, la salud pública, la educación, las provincias, la obra pública y la producción nacional.

Y encima quieren venderlo como modernidad.

Pero lo más grave no es solamente el ajuste económico. Lo más grave es que están destruyendo todas las herramientas que permitían ascender socialmente.

Atacan la educación pública, atacan los sindicatos y atacan todo lo colectivo, porque necesitan una sociedad individualista, sola y desorganizada.

Y un pueblo organizado discute, pero un pueblo dividido obedece.

Por eso también atacan periodistas, persiguen al que piensa distinto y agreden a medios que se animan a mostrar la realidad.

Mientras servían eran amigos. Cuando empezaron a preguntar, pasaron a ser enemigos.

Eso no es libertad. Eso es intolerancia al pensamiento crítico.

Hoy vemos rutas destruidas, obras paralizadas, hospitales sin recursos, comercios cerrando, consumo cayendo e industria frenada.

Y mientras tanto quieren convencernos de que el problema era el Estado.

No. El problema nunca fue tener Estado.

El problema fue tener malos administradores y dirigentes sin coraje para defender a su pueblo.

Porque también hay que decir otra verdad.

Ahora aparecen algunos dirigentes y diputados diciendo que las rutas están abandonadas, que el Gobierno nacional se retiró y que las provincias quedaron solas.

Y tienen razón.

Pero muchos de ellos votaron todas las leyes que hicieron posible este desastre.

Muchos levantaron la mano contra los trabajadores, contra las provincias, contra la obra pública y contra el federalismo.

Y ahora quieren volver a presentarse como defensores de la gente.

No. La sociedad tiene memoria.

No se puede traicionar al pueblo y después volver disfrazado de salvador.

Porque hoy Salta necesita dirigentes que defiendan a Salta, no dirigentes que negocien cargos mientras el norte argentino se cae a pedazos.

Salta existe. El norte existe. Los trabajadores del interior existen.

Y merecen las mismas oportunidades.

Además, el deterioro social trae otra consecuencia terrible: la inseguridad.

Cuando un chico no tiene futuro, aparece el narcotráfico. Cuando no hay trabajo, crece la desesperación. Cuando el Estado se retira, avanzan las mafias.

Y cuidado.

Porque ya vimos esto en otros países: violencia, barrios tomados por la droga, familias viviendo con miedo y sociedades destruidas.

¿Eso queremos para la Argentina?

Yo creo que no.

Todavía estamos a tiempo de frenar esta locura.

Pero hace falta sensibilidad. Hace falta diálogo. Hace falta dejar de gobernar para TikTok y empezar a gobernar para la realidad.

La Argentina no necesita odio, no necesita crueldad y no necesita ajuste eterno.

Necesita producción, trabajo, educación, unidad nacional, federalismo y políticas de Estado que duren más que un gobierno.

Porque ningún país sale adelante destruyendo a su gente.

Y todavía estamos a tiempo.

Todavía podemos evitar que la Argentina se transforme en un país donde vivir sea solamente sobrevivir.

Pero para eso hay que reaccionar ahora, con organización, con solidaridad y defendiendo cada derecho conquistado.

Porque cuando destruyen el trabajo, destruyen la dignidad.

Y un pueblo sin dignidad termina perdiendo también la esperanza.

Hasta el próximo martes.

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