El Cuchi, Melania y un altar: una despedida que toca el alma de Salta

A los pies de la escultura del Cuchi Leguizamón, en pleno corazón de Salta, apareció un altar popular en homenaje a Melania Pérez. Flores, pan, coplas y una foto bastaron para decir lo que las palabras no alcanzan.
Salta16/01/2026Ivana ChañiIvana Chañi

homenaje a melania pérez (1)

Hay gestos que no se anuncian, no se organizan ni se explican. Simplemente suceden. En la esquina de Caseros y Buenos Aires, frente a la Plaza 9 de Julio, alguien dejó flores, pan, una caja imaginaria y una imagen. Nadie firmó el homenaje. Nadie pidió permiso. Y, sin embargo, todo Salta entiende.

A los pies de la escultura del Cuchi Leguizamón, ese hombre de bronce que parece escuchar eternamente la ciudad, se armó un pequeño altar para despedir a Melania Pérez. Como si la historia hubiese decidido cerrarse en círculo. Como si la cantora volviera, por última vez, a sentarse frente a uno de los pilares de su destino artístico.

El miércoles 14 de enero se conoció la noticia de su fallecimiento. Desde entonces, algo se quebró en el aire de Salta. Porque Melania no era solo una voz: era una forma de pararse frente al canto. Una ética. Una elección profunda por lo esencial. Supo unir la precisión casi litúrgica de Las Voces Blancas con la aspereza milenaria de la baguala, sin concesiones, sin maquillaje, sin mercado.

descargaLuto en el folclore salteño: falleció la gran Melania Pérez

Tenía una voz chamánica, arisca, capaz de incomodar y sanar al mismo tiempo. Cantaba como quien cuida un fuego antiguo. Nunca para lucirse, siempre para sostener. En su decir estaban la tierra, el silencio y la memoria. Por eso convivió con las obras del Cuchi y de Manuel J. Castilla como quien no interpreta, sino que continúa.

homenaje a melania pérez

Hoy, ese altar improvisado dice más que cualquier discurso. El pan como símbolo de lo cotidiano. Las flores como despedida. La imagen como presencia. No hay escenario, no hay micrófono. Solo la calle, el bronce, la piedra y la ausencia.

Con la partida de Melania Pérez se cierra un capítulo irrepetible de la cultura popular salteña. El de los artistas que no buscaron aplauso sino verdad. El de los que se animaron a desafiar lo establecido para encontrar sentido en el sonido. Su voz ya no está, pero su eco queda suspendido en el aire de los cerros, esperando que alguna copla, desnuda y sincera, vuelva a reclamar su lugar.

La escena ocurrió en silencio, pero duele fuerte. Y quizá por eso emociona tanto. Porque Salta no la despide con estruendo, sino como se despide a los imprescindibles: bajando la voz… y dejando una ofrenda.

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