
Respeto

No se trata de defender colores partidarios ni de idealizar a ninguna figura política. Se trata de poner límites. De entender que, cuando se cruza una línea tan básica como la de referirse a una mujer joven —una hija, una persona ajena al fragor de la contienda pública— con burla o desdén, ya no estamos discutiendo ideas. Estamos hiriendo, degradando, y naturalizando una violencia que se disfraza de “picardía política”.
La soberbia no construye. Y la descalificación personal no reemplaza al argumento. Quien hoy representa a parte del electorado tiene, por eso mismo, una responsabilidad mayor: no se lo elige para insultar ni para herir, sino para aportar a la solución de los problemas profundos que arrastramos desde hace décadas.
Hoy el país necesita una dirigencia capaz de dar el ejemplo. Que comprenda que detrás de cada apellido hay personas. Que entienda que no hay salida posible si la agresión sigue siendo el idioma común en los espacios donde deberíamos escucharnos. La Argentina está atrapada en una polarización estéril, que nos empuja a ver al otro como enemigo en lugar de como parte del mismo barco que necesita salir a flote.
Y lo más preocupante es cómo se ha naturalizado esta falta de respeto. Lo que antes generaba rechazo o vergüenza, hoy provoca risas o aplausos. Nos acostumbramos a que lo ordinario tape lo esencial, a que lo hiriente gane terreno sobre lo propositivo.
La ética en la política no puede ser una excepción ni una consigna vacía. Tiene que ser el cimiento sobre el cual se construya toda acción pública. Porque si quienes deciden, legislan o debaten no parten del respeto, la honestidad y la responsabilidad, entonces el mensaje que se transmite es que todo vale. Y cuando todo vale, lo que se rompe no es solo el vínculo político: es el contrato social.
Por eso, más que nunca, necesitamos dirigentes con vocación auténtica. Personas formadas, preparadas, con temple para liderar y humildad para escuchar. No alcanza con levantar la voz: hace falta elevar el nivel. El país demanda líderes que construyan puentes, no trincheras. Que entiendan que el verdadero poder no está en humillar, sino en unir. Que tengan el coraje no de agredir, sino de convocar.
Pero no todo está perdido. En cada persona que se indignó, que levantó la voz, que no se quedó callada ante lo dicho por Espert, hay una señal de que aún queda una reserva ética. Hay una esperanza de que el país puede retomar el camino de la sensatez, del diálogo y de la decencia.
Ojalá este episodio no se sume al archivo del olvido, sino que nos sirva como espejo. Para preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir. Y si en ese país futuro que tanto anhelamos, hay lugar para la burla, la arrogancia y el desprecio.
La respuesta, si queremos una Argentina más justa, tiene que ser no. Y ese no debe ser el primer paso hacia un sí: sí a la empatía, sí a la ética, sí a la unidad que nos está haciendo falta.







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