
Javier Milei, entre la investidura y la tribuna
Rocío Monteros Di Pietro
rgentina no puede convertirse en una prolongación de Twitter.
Nos basta recordar que desde Raúl Alfonsín hasta hoy, los presidentes argentinos podían tener profundas diferencias con otros mandatarios, pero el lenguaje diplomático existía precisamente porque un jefe de Estado no habla únicamente por sí mismo.
Quienes entendemos al liberalismo más que como una ideología como una conducta participamos de una defensa irrestricta de la libertad de expresión que está protegida por la Constitución Nacional, pero para el presidente existe una responsabilidad institucional que lo obliga como tal a guardar el decoro y evitar los exabruptos.
La responsabilidad del presidente Milei es inversamente proporcional: Cuanto más alto es el cargo, menor es el derecho a hablar únicamente en nombre propio. Aquí se ha puesto en juego la dignidad de la función presidencial, que tiene su correlato inmediato con una sentencia de la historia: Los presidentes pasan y la Presidencia queda.
Así, no discutimos aquí pertenencias ideológicas de derecha ni de izquierda, sino que defendemos un principio institucional, aquel de la representación de la Estado, la investidura y la política exterior como política de Estado.
A este gobierno libertario -no liberal- parece no interesarles las Instituciones de la República, y así decimos con el juristafrancés, Georges Vedel, que "Las instituciones existen para protegernos de los hombres, incluso de los hombres buenos."
Esta es una idea profundamente republicana, porque no importa quién ocupe el sillón presidencial, lo que importa es preservar la dignidad del cargo, porque hoy lo ocupa alguien que baja al nivel de un barra brava y mañana será ocupado por otro con ideas completamente distintas.
En definitiva, no me preocupa que un presidente tenga ideas fuertes. Me preocuparía lo contrario. Lo que me preocupa es que olvide que, desde el instante en que jura por la Constitución, deja de ser únicamente el jefe de un espacio político para convertirse en el representante de una Nación. Las convicciones personales pueden dividir, pero la investidura presidencial tiene la obligación de unir.







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