
Hay asuntos que merecen el mayor respeto. Malvinas es uno de ellos.

Podemos discutir modernización, eficiencia o tecnicismos, claro que sí. Pero hay líneas que no se cruzan sin una conversación más profunda, honesta y responsable. Y este movimiento —por más prolijo que quieran presentarlo— vuelve a poner en tensión un acuerdo básico que construimos entre todos desde 1983.
No hace falta exagerar para decirlo claro: no estamos de acuerdo. No con los retrocesos disfrazados de innovación, ni con el borrado silencioso de aprendizajes que nos hicieron mejores. La democracia argentina merece debate, sí, pero también memoria y coherencia.
Porque si algo enseñó nuestra historia, es que los atajos institucionales nunca salieron gratis.
Y esta vez, más que un giro inesperado, parece un mal déjà vu.









