La república utópica de Salta

Opinion 30 de noviembre de 2021 Por Santos Jacinto Dávalos
La realidad nos agobia. Aumenta la pobreza y la indigencia. La clase media, la que estudia, la que se informa, la que progresa, está desapareciendo. La educación de nuestros hijos está desactualizada
ciudad de salta

La mayoría de los jóvenes no entienden lo que leen. Nuestro prestigio internacional disminuye día a día. Los emporios tecnológicos se adueñan de nuestra mente. La grieta artificial que solo beneficia electoralmente a los protagonistas, no nos deja progresar.

Nuestra población ha dejado de creer en la Justicia, en los políticos y en los legisladores como auténticos voceros de la comunidad. Por ello se ha abandonado la pertenencia partidaria y se buscan iluminados que nos llevarán al bienestar. Cada elección tiene menos votantes y son más los votos en blanco y los que anulan su voto. Elegimos por bronca y no por convicción.

Esta pérdida de esperanza se llama distopía. Y lo opuesto es la utopía. Y la utopía es la búsqueda de lo inalcanzable, pero que tanto buscarla, a veces se torna realidad.

Y ésa es la idea de crear la República Utópica de Salta. Superar el marasmo, el barro, la ineficiencia, la corrupción, el clientelismo, la endogamia, el gobierno de amigos. Nuestra República Utópica es un sueño. Pero si empezamos a contarnos nuestros sueños, nuestros anhelos, si logramos una sana envidia de las naciones estudiosas, honestas, y trabajadoras y procuramos imitarlas y somos capaces de generar un ámbito de debate sobre la Salta ideal que queremos, vamos a superar la chatura, la anomia y la desesperanza.

Seguimos una estrella. Sabemos que nunca la vamos a alcanzar, pero ella nos marca el Norte. La dirección que debemos seguir para llegar donde queremos. Lo que propongo es buscar y seguir esa estrella. La que nos señale el camino a una Salta más justa, más integrada, con dirigentes honestos, eficientes y con capacitación permanente. Con jueces insospechables. Con legisladores que nos representen y establezcan reglas de juego permanentes que induzcan a los empresarios a invertir en Salta. Pero fundamentalmente debemos buscar la utopía de una democracia participativa, en la que la comunidad pueda expresar su voluntad sin atajos. Hoy no la tenemos.

 ¿Es una utopía pedir que el Estado planifique y se anticipe a los acontecimientos? ¿Que los empresarios y trabajadores actúen conjuntamente, pues están en el mismo barco? Mirándonos al espejo, al terminar el día, ¿seremos capaces de preguntarnos que hice hoy para mejorar el futuro de nuestros hijos?

Hoy los medios nos plantean la antinomia capitalismo o pobrismo. Creo que debemos estudiar otras alternativas. ¿Es posible que nuestra utopía sea la libre empresa, con un estado honesto y eficiente, que regule esta actividad, evitando el abuso de posición dominante, los acuerdos de precios, los arreglos en las licitaciones estatales, los monopolios y oligopolios? Interesante tema para un debate.

Esta Salta utópica solo puede comenzar con salteños utópicos y honestos Cada vez que un transporte tiene un accidente, nuestra comunidad se roba toda la carga. Personas con autos de marca, que no son pobres, también participan del saqueo. La frontera entre lo propio y lo ajeno ha desaparecido, o, en el mejor de los casos, se ha tornado difusa. Especialmente entre los bienes de la dirigencia y los bienes del Estado.

Pero lo peor es que lo aceptamos. Creemos en el axioma: roba pero hace. Y los seguimos reeligiendo.

El único modo de obtener una dirigencia honesta y eficiente, comienza por nosotros. Mientras el concepto de viveza criolla siga vigente, los más vivos seguirán saqueando el país.

Entre nosotros las cosas son más importantes que los valores. Muy rara vez se reconoce la dignidad de la maestra o la del policía honesto. La de los padres que honran sus deberes familiares. O la del juez o político impoluto, que son tildados de boludos.

Cuando niño, no cerrábamos la puerta cancel con llave. Hoy le ponemos doble cerradura, candado, tranca y cámara de seguridad. A la maestra la venerábamos. Hoy los padres y hasta sus alumnos les pegan.

Justificamos el robo por haber nacido pobre. 

La pobreza no debe justificar el delito. Pero sí debe motivar acciones colectivas de protesta y organización ante la injusticia.

Debemos volver a la utopía de los valores, la del trabajo honrado. La de los patrones responsables y solidarios. La del estudio y la capacitación permanente. La utopía de reconocer que el conocimiento es la llave del cambio. La utopía del Primer Ministro chino, Deng, de cambiar el proyecto maoísta, permitió que hoy China sea la potencia en crecimiento más importante del mundo. Deng, con una simple frase, “No importa que los gatos sean blancos o negros. Lo importante es que cacen ratones”, señaló la estrella que los guió a lo que hoy son, pues les permitió superar el dogmatismo.

Comencemos con la utopía de nuestra honestidad, de nuestra solidaridad, de comprender que el otro soy yo mismo y que unidos somos nosotros. Anteponer la Patria antes que nuestros dogmas y nuestros fanatismos, no es una utopía, es una necesidad.

Si somos capaces de organizarnos, de analizar y comprender la realidad, de actuar en forma conjunta, en vez de peces seremos pescadores y la política dejará de ser una actividad que cuesta una millonada, que no pueden pagar ni los candidatos ni los partidos, y que la pagan los contribuyentes, los monopolios, los que lucran con los servicios y la obra pública y por supuesto el crimen organizado. Y ninguno actúa sin segundas intenciones. El político al que han ungido, debe estar a su servicio.

Culmino diciendo que mi utopía es que la República Utópica de Salta pueda ser una realidad.

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