
La semana cierra con gobiernos expectantes por situaciones que tendrán fuerte impacto en el devenir del país.


El peronismo, como se sabe, ha sufrido a lo largo de estos más de 77 años (que es mi edad) innumerables transformaciones.
Opinión18/10/2021 Armando Caro Figueroa
La mayoría de ellas han venido a difuminarlo, a degradar su ideario fundacional. Hay quienes piensas que lo que hoy llamamos peronismo no es mas que una máquina electoral que aprovecha la vieja y sentida liturgia para obtener buenos resultados. Una hipótesis que no se verifica en Salta en donde el peronismo oficial -guiado por el oportunismo y los negocios- cosecha derrotas está al borde del abismo de la insignificancia.
Pero por encima de aparatos, de comisarios políticos y de expertos en marketing que maquillan identidades, existe un sentimiento que anida en el corazón de muchos argentinos honrados. Se trata de un conjunto desordenado de deseos y aspiraciones que forman parte de lo que podríamos llamar peronismo ancestral, que -a veces- se transmite de padres a hijos.
Hay, además, una suerte de memoria histórica que, cuando logra burlar los intentos de falsificarla o manipularla, da vigencia y fuerza política al viejo movimiento tantas veces idealizado, tantas veces vituperado.
Soy de los que piensan que entre aquellos símbolos, sentimientos y memoria histórica, y la realidad cotidiana que nos recrean los gobernantes, existe un abismo.
Hoy, por ejemplo, el original talante reformista del peronismo ha sido borrado por el conservadurismo de los que gobiernan, legislan o sentencian.
La fuerza modernizadora que transformó a Salta y a la Argentina en los años de 1940, ha devenido en fuente de atrasos, desvaríos y corrupciones.
Algunos sectores del tronco peronista se divorciaron de las ideas republicanas y democráticas. Otros abandonaron el compromiso con la justicia social, el bienestar general.
Hoy, como viene ocurriendo en Salta en estos últimos 26 años, se gobierna atendiendo a influyentes, a representantes de intereses no siempre transparentes, y marginando a los trabajadores y a sus organizaciones sindicales.
Hoy, el ideario que en 1949 motorizó la buen reforma de la Constitución de Salta ha sido reemplazado por una operación que procura que nada cambie. En efecto, la mayoría que controla la Convención Constituyente de 2021 despliega su poco ingenio y su mucho poder para que los actuales jueces de la Corte accedan a la eternidad institucional. Para que la Auditoria siga sin controlar a los poderosos. Para que la Ley Electoral siga adulterando la voluntad de los ciudadanos.
Insensibles a la degradación social que padecemos, los que mandan derrochan su tiempo en operaciones que solo atienden a su supervivencia y que solo procuran colocar a los amigos leales en los puestos de control institucional.
La Lealtad entonces, aquella Lealtad que se conmemora el 17 de octubre, no es ya -ni podría serlo por razones biológicas- la Lealtad al líder fallecido. No es tampoco la Lealtad a los principios fundacionales ni a sus grandes banderas.
Si hay lealtad (la poca que queda) en este decadente mundo de la política salteña es la que reclaman y casi siempre obtienen los que mandan, para ser obedecidos por legisladores, intendentes, jueces de Corte, y auditores.
La Lealtad de 1945 fue degradándose con el paso de los años, hasta concluir en el Verticalismo que fulminó una forma de participar en política y de gobernar. El culto a la personalidad, muerto el líder, se transformó en un vicio del que usufructúan dirigentes de todas las clases, méritos y deméritos
Terminó recordando que en los tiempos de nuestra Arcadia nacional, hoy hubiera sido San Perón y disfrutaríamos de un no siempre merecido descanso.

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