Cuando me muera, quiero que me toquen cumbia

(Morir a los quince años)

Opinión05/07/2021 Miguel Antonio Medina

madre

El día: 22 de junio de este año. La hora: ya era de noche. El lugar: una calle de barrio Los Hornos, en las afueras de La Plata, provincia de Buenos Aires.

Los hechos sucedieron así. Lo  sabemos porque una cámara de seguridad los reprodujo fielmente. La primera imagen es la de un automóvil de color claro, con la puerta del acompañante abierta. De pie, en ese lado, está un chico.

La segunda imagen  es la de una persona del sexo masculino, que usa una campera con capucha colocada y pantalones largos, y un arma de fuego de la mano derecha. Llega corriendo donde estaba el chico, al que pretende dominar, para poder  entrar juntos a una de las casas más próximas.

El chico se resiste y consigue que el extraño lo suelte. El chico corre hacía donde está la cámara y se pierde. El otro arremete contra la puerta de una casa, a la que pretende derribar con una patada – un planchazo, más propiamente-. Lo consigue porque la cámara ya no lo registra. Da la impresión de estar “sacado”, que no le importa nada.

Lo que sigue es la imagen del mismo que ingresó, pero ahora sale corriendo, cruza la calle y se pierde de vista. Después se supo que en la entradera hubo disparos; que el que salió disparó y le dispararon; que se fue corriendo y subió a una moto, que conducía un cómplice, en la que los dos habían intentado alejarse. No pudo ser, porque el que estaba sentado atrás, cayó muerto cerca de donde partieron. Su cuerpo quedó tirado en el piso.

Hace casi veinte años, en una pequeña habitación de dos por dos, en la que se había refugiado para escapar de la policía, moría acribillado de cuatro balazos un joven ladrón, luego convertido en leyenda en el humilde barrio que vivía, a unas quince cuadras de la estación de trenes de San Fernando, provincia de Buenos Aires. Tenía diecisiete años y se llamaba Víctor Manuel “El frente” Vital.

Había empezado a robar a los trece años, siempre armado con revólveres del calibre 32. Se hizo conocido por su precocidad, su audacia, la generosidad con la que compartía los productos de los robos y su respeto por los viejos códigos de la delincuencia.  

Cuando murió empezó a ser invocado por los jóvenes de su generación como una forma de santo, tan poderoso que podía salvarlos de las balas. Su tumba, en el lugar más pobre del cementerio de San Fernando, parece resplandecer por las ofrendas que recibe de chicos como fue él, que se reúnen ahí para compartir la marihuana y la cerveza.

Pienso que apenas me fui veinte años para atrás en el tiempo, pero esta historia de menores no imputables que por ellos no pueden ser considerados autores de delitos, se remonta mucho tiempo atrás. Cuarenta años, por lo menos.

En ese tiempo el concepto de delincuente juvenil, fue ampliándose hasta comprender a quienes, por su escasa  edad, justificaron que se hablara de delincuencia infantil. Un hilo conductor  une en silencio vidas tan cortas como el chico de Los Hornos, el Frente Vital y a todos los que les parecen. Ese hilo empieza a tejerse por una situación familiar conflictiva y violenta; por las graves dificultades que tienen esos chicos de acceder  a la educación; y desde luego, porque crecieron sin conocer a nadie mayor que trabajara, un padre, un abuelo, que tuviera un ingreso como mantener a una familia.

El chico de Los Hornos no estudiaba ni trabajaba. Era capaz de hacer lo que se ve vio hacer en el video al que mencioné al inicio de esta nota. Uno de sus amigos posteó  en su recuerdo: “cómo te voy a extrañar y que descansemos en la calle a todo el mundo”. Fue otra la reacción de un usuario de Facebook: “qué lindo ver a los delincuentes menores de edad, muertos”. La calle suele ser así: salvaje, sin grises, de extremos de un lado a otro.

El título de esta nota no es original. Fue el título, tomado textualmente de un intenso libro de Cristian Alarcón, que editó Verticales del Bolsillos por primera vez en el año 2003.

En ese libro está uno de los versos de la canción favorita del “Frente”:

“Cuando me muera, quiero que me toquen cumbia/ y que no me recen cuando suenen los tambores/ y que no me lloren porque me pongo muy triste/ y que no me lloren porque me pongo muy triste/ solo quiero cumbia para divertirme”.

 

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