
Todos en la escuela

El 97% de los adolescentes de 15 años está escolarizado, es decir que prácticamente todos nuestros chicos están en la escuela. Eso, que durante mucho tiempo fue uno de los grandes desafíos del país, es una conquista hoy, que debemos valorar.
Pero hay otro dato que cambia la perspectiva:
De cada cien adolescentes argentinos, solamente diecinueve llegan a los 15 años cursando el año que les corresponde y habiendo alcanzado los aprendizajes básicos en Lengua y Matemática, es decir Diecinueve de cada cien.
Esto no significa que los otros ochenta y uno hayan abandonado. Significa que, aunque muchos siguen asistiendo, arrastran dificultades en sus aprendizajes, atrasos en sus trayectorias o ambas cosas.
Y ahí aparece la pregunta que tenemos la obligación de hacernos: ¿alcanza con que nuestros chicos estén dentro de la escuela?, evidentemente, No, porque el derecho a la educación no se agota en conseguir un banco en un aula, implica fundamentalmente aprender, avanzar y tener la oportunidad real de terminar los estudios.
Un chico no abandona de un día para el otro. Generalmente, el abandono es el final de un proceso que comenzó mucho antes. Empieza cuando falta cada vez más seguido, cuando deja de entregar trabajos, cuando las materias se acumulan, cuando empieza a sentir que no entiende o que la escuela ya no tiene un lugar para él.
En este contexto, el desafío es advertir lo que está pasando antes de que la ausencia se vuelva definitiva, por eso, en Salta venimos trabajando para detectar esas señales antes de que se conviertan en una ruptura.
Después de dos años de trabajo y de una experiencia piloto en cincuenta escuelas, la Provincia está avanzando con un Sistema de Alertas Tempranas, utilizando y ampliando la información que las escuelas ya tienen —la asistencia, las calificaciones, la repitencia, la sobreedad, a ello se le sumara datos referidos a la salud, a la interculturalidad, etc. — para identificar a los estudiantes cuyas trayectorias empiezan a mostrar señales de riesgo.
Cuando esas señales aparecen, la escuela tiene que actuar: comprender qué está pasando, acercarse al estudiante y a su familia y organizar el acompañamiento que necesita, porque detrás de una ausencia reiterada pueden haber muchas historias. Un chico que tiene dificultades para aprender. Una familia que atraviesa un problema económico. Un adolescente que tiene que trabajar o cuidar a sus hermanos. Alguien que está pasando por una situación personal difícil y no encuentra cómo pedir ayuda.
Una alerta no puede ser solamente un aviso en una computadora. Tiene que convertirse en una conversación, en una búsqueda, en una intervención pedagógica, en una escuela que se acerca a una familia y pregunta qué está pasando.
La tecnología puede ayudarnos a identificar un problema. Pero son las personas las que pueden ayudar a resolverlo y es alli, donde el Estado tiene la obligación de generar las condiciones y ofrecer las herramientas, teniendo siempre en cuenta que ningún sistema de información puede reemplazar la atención de un docente, el compromiso de un equipo directivo o la presencia de una familia.
Necesitamos escuelas que no se acostumbren a las ausencias. Familias que adviertan cuando sus hijos empiezan a perder el interés. Comunidades que comprendan que cada adolescente que se aleja de la educación está perdiendo oportunidades que después pueden ser muy difíciles de recuperar.
Durante mucho tiempo, una de nuestras principales preocupaciones fue lograr que todos los chicos ingresaran a la escuela. Hoy sabemos que eso, aunque indispensable, no es suficiente. Tenemos que ocuparnos también que cada chico tenga la oportunidad real de aprender y avanzar. Y que, cuando empiece a quedarse atrás, haya una escuela, una familia y una comunidad dispuestas a llegar a tiempo.
Porque todos en la escuela no significa solamente que ningún chico se quede afuera. Significa también que ninguno se vuelva invisible mientras está adentro.







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