
Voto femenino

En Estados Unidos comenzó a ganar visibilidad una corriente ultraconservadora que cuestiona un derecho elemental: el voto de las mujeres en igualdad de condiciones con los hombres.
Aclaremos algo importante: hoy no existe un proyecto legislativo con posibilidades reales de eliminar el voto femenino en Estados Unidos. Pero hay algo que debería llamarnos la atención: la idea volvió a pronunciarse, a discutirse y a encontrar defensores.
Una de las propuestas que circula es el llamado voto por hogar: reemplazar el principio democrático de “una persona, un voto” por “una familia, un voto”. En sus versiones más extremas, sería el marido, considerado jefe del hogar, quien tendría la decisión política final.
Entre quienes promueven estas ideas aparecen sectores religiosos ultraconservadores, referentes como el pastor Dale Partridge e influenciadores que reivindican una estructura familiar basada en la autoridad masculina.
La discusión adquirió mayor visibilidad en la Cumbre de Liderazgo de Mujeres de la organización conservadora Punto de Inflexión Estados Unidos, encabezada por Erika Kirk. Allí volvieron a escucharse fuertes cuestionamientos al feminismo y reivindicaciones de los roles tradicionales del hombre y la mujer.
Y aparece una paradoja difícil de ignorar: mujeres utilizando su libertad, su voz pública y su influencia política para cuestionar derechos que otras mujeres tardaron décadas en conquistar.
Una mujer tiene todo el derecho a elegir una familia tradicional, dedicarse a su hogar o incluso decidir votar igual que su marido.
Eso también es libertad.
Pero una cosa es elegir personalmente y otra muy distinta es pretender transformar esa elección en una regla para todas.
Los derechos también pueden retroceder
Quizás allí esté la verdadera discusión.
Nos acostumbramos a pensar que los derechos conquistados son eternos. La historia demuestra que no necesariamente es así.
Los derechos rara vez desaparecen de un día para otro.
Primero se cuestionan. Después se relativizan. Más tarde alguien intenta convencernos de que ya no son tan necesarios.
Y finalmente puede aparecer una generación que, como nunca tuvo que luchar para conseguirlos, tampoco alcanza a dimensionar lo que significaría perderlos.
En Argentina conocemos bien esa historia.
Durante décadas las mujeres estuvieron excluidas de las decisiones políticas. Julieta Lanteri, Alicia Moreau de Justo, Elvira Rawson y tantas otras comenzaron una lucha que después encontró en Eva Perón un impulso político decisivo.
En 1947 se sancionó la Ley 13.010 y recién en 1951 las argentinas pudieron votar por primera vez en una elección nacional.
No ocurrió hace siglos.
Estamos hablando de nuestras abuelas.
Y aquella conquista significó mucho más que colocar una boleta dentro de una urna: significó reconocer que una mujer es una persona políticamente autónoma, capaz de pensar, decidir, elegir y representar.
Por eso discutir hoy el “voto por hogar” no es solamente discutir un sistema electoral. Es volver a preguntarnos si la voluntad de una mujer puede quedar subordinada a la de un hombre.
No es izquierda contra derecha
Hay algo que también debemos decir.
La igualdad política de las mujeres no debería ser patrimonio del feminismo, de la izquierda, de la derecha ni de ningún partido.
Una mujer puede ser conservadora, liberal, peronista, radical, libertaria o no identificarse con ninguna fuerza política.
Puede cuestionar al feminismo actual.
Puede elegir el modelo familiar que quiera.
Pero su voto debe valer exactamente lo mismo que el de un hombre.
Porque cuando un derecho depende de la ideología que gobierna, deja de ser un derecho y empieza a parecerse demasiado a una concesión.
Quizás por eso necesitamos recordar de dónde venimos.
No para quedarnos mirando el pasado, sino para entender hacia dónde no queremos regresar.
Las mujeres que lucharon por nuestros derechos entendieron algo elemental: nadie debería decidir por una mujer simplemente por ser mujer.
Y tal vez esa sea la advertencia que dejan estas discusiones que hoy reaparecen en Estados Unidos:
los derechos no solamente se conquistan. También se defienden.
Porque hay algo peligroso en una sociedad que pierde derechos.
Pero quizás sea todavía más peligroso haberlos conquistado, acostumbrarnos a ellos y empezar a creer que nunca podremos perderlos.












