
A llorar a la cruz

¿Te asustan los tiroteos en las escuelas? ¿Y qué te sorprende? Durante años se naturalizó una educación sin límites, donde muchos chicos podían hacer lo que quisieran sin consecuencias reales. Incluso se instaló la idea de promover de grado sin haber aprobado, bajo el argumento de “no estigmatizar”.
Hoy el problema no desapareció: simplemente mutó en formas más violentas y preocupantes.
También hubo una autoridad escolar debilitada. Docentes y directivos muchas veces quedaron atrapados entre normas contradictorias, temor a sancionar y un sistema que les quitó herramientas para poner orden. La disciplina pasó a verse como un problema, cuando en realidad es una parte necesaria de cualquier convivencia.
Pero la escuela no está sola en esto. La familia también tiene responsabilidades que muchas veces se prefieren ignorar. Se les da dinero, permisos y libertades tempranas, mientras se posterga la enseñanza de obligaciones básicas: colaborar en la casa, respetar horarios, asumir responsabilidades y entender que no todo deseo merece satisfacción inmediata.
Después llegan la sorpresa y el espanto.
Se habla de chicos “empoderados”, pero en muchos casos lo que existe es una ausencia de límites. Y cuando no hay adultos que conduzcan, los más jóvenes prueban hasta dónde pueden avanzar. Lo hacen en la escuela, en la casa y en los vínculos con otros.
Crecer también implica aprender que convivir requiere reglas, esfuerzo y respeto. Cuando eso falla durante años, no debería sorprender que aparezcan conductas cada vez más extremas.
Los hechos violentos no nacen de un día para otro. Son el resultado de una larga cadena de renuncias de los adultos.


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