Opinión Mario Peña (h) 21/09/2025

Una deuda más, una ilusión menos

Mientras el gobierno dilapida reservas para sostener el dólar y negocia un nuevo préstamo con el Tesoro de los Estados Unidos, los beneficios se concentrarán en unos pocos y el costo lo pagaremos todos los argentinos.

Desde que se liberó el cepo, el esquema de bandas cambiarias parecía funcionar. El dólar se movía dentro de los límites previstos y el mercado transmitía calma. Nada indicaba que la situación fuera a cambiar de manera brusca.

Hasta que, el 2 de julio de 2025, el ministro de Economía, Luis Caputo, eligió la tribuna de la Universidad Austral para lanzar una frase que parecía innecesaria: “Si está barato, comprá, campeón”. El dólar estaba entonces en torno a los 1.245 pesos y no había urgencia a la vista. Pero la arrogancia de un ministro, convencido de que podía marcar el rumbo con una frase, terminó encendiendo el mensaje equivocado: el propio responsable de la economía decía que el dólar estaba barato y había que salir a comprar. Fue un gesto imprudente, casi un llamado a la especulación.

El efecto fue demoledor. En apenas dos meses, el dólar oficial saltó hasta los 1.485 pesos, lo que significó una devaluación de casi el 20%. Y el 17 de septiembre la cotización golpeó el techo de la banda. La calma aparente se transformó en vértigo. Para contenerlo, el Banco Central tuvo que vender en sólo tres días alrededor de 1.200 millones de dólares. Son dólares de los argentinos: reservas que ya estaban comprometidas a los bonistas porque la deuda la tomó el país, y que, como toda deuda, la pagaremos entre todos.

En paralelo, el presidente Javier Milei anunció que negocia un préstamo con el Tesoro de los Estados Unidos para poder cumplir con esos pagos. Es decir, se dilapidan reservas que deberían usarse para la deuda y se recurre a nueva deuda para cubrir lo que se pierde. Un círculo vicioso que parece no tener fin.

La cuestión institucional tampoco es menor. La Constitución establece que endeudar a la Nación es facultad del Congreso. Pero el país lleva dos años sin presupuesto aprobado, prorrogando el de 2023. Ese presupuesto no contempla este tipo de operaciones. Avanzar con un crédito bilateral sin aprobación parlamentaria reedita viejos cuestionamientos: lo que en 2018 fue el stand-by con el FMI, hoy puede repetirse bajo otro formato.

Y aquí aparece el sentido profundo de la desilusión. La deuda que se toma no es para producir más, ni para impulsar la obra pública necesaria, ni para invertir en infraestructura que modernice al país. No se destina a reparar kilómetros de vías, mejorar rutas, ni fomentar un sistema de transporte que abarate costos y potencie la producción. Tampoco se orienta a proyectos que generen desarrollo a largo plazo. No se usa para que el turismo internacional genere ingresos de dólares, ni para bajar el impuesto a las ganancias o el IVA y liberar la presión fiscal sobre quienes producen y trabajan. En lugar de generar dólares genuinos y crecimiento sostenido, el gobierno decide utilizarlos para sostener un plan económico que muchos advirtieron desde el primer día que era insostenible en el tiempo.

Una deuda más, una ilusión menos.

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