2021

Opinion 01 de enero de 2021
Comenzó a transcurrir el primer día de un período en el que la mayoría de las personas tienen depositadas sus expectativas; más que ellas, sus esperanzas. También es la oportunidad de alcanzar la prosperidad, porque así se ha expresado en los múltiples saludos que se han recibido en los últimos días pasados. Ese período es el nuevo año ya en marcha, intensamente esperado.
2021

Este ánimo es el habitual en un día como hoy, 1 de enero, pero el de este 2021 suma un dato histórico: es el día después de un año que pocos han calificado como positivo. Por eso es que la carga de esperanza es la más alta.

Hay expectativas, sin dudas; nadie puede descartar que esta vez sí se pueda acomodar lo que está desordenado en la vida individual pero mucho más en la comunitaria.  Pero la mayoría debe estar buscando aún un elemento que le da razonabilidad a cualquier certeza que se pretenda tener. Todavía no se abandonó el estado de incertidumbre que generó en el mundo la pandemia del coronavirus, que dejó de ser una amenaza sanitaria para convertirse en un elemento desestabilizante en cualquier ámbito que se considere. La expectativa que se salvó es la de considerar que algo va a ocurrir necesariamente.

En esa espera se instala la esperanza, que tiene mucho de fe y siempre contiene elementos positivos. La esperanza es el optimismo con el que se mira el porvenir, que sostiene ese avance al que la vida obliga porque el tiempo que transcurre empuja sin cesar. Por ello es que no se deben abandonar los objetivos, aunque hasta ahora se vean irrealizables. 

Es cierto que el cruce de un año a otro viene acompañado con los deseos de prosperidad, que es una forma de expresar la razón por la que se trabaja. Es un concepto que suele asociarse a la riqueza económica y a la abundancia de bienes pero para muchos es nada más que sostener lo que se tiene y lograr una mejora aunque sea mínima. Es difícil pensar diferente en un contexto de crisis por el que transita continuamente la Argentina y al que esta vez se acopló el mundo.

Parte de él –puntualmente la Iglesia Católica- celebra en este día la Quincuagésima Cuarta Jornada Mundial por la Paz, que es algo más profundo que la ausencia de conflictos bélicos. La definición de su lema no se despegó del estropicio que hizo la pandemia, que produjo una emergencia sanitaria considerada en el documento pontificio de la fecha como un fenómeno multisectorial y mundial, que agrava las crisis fuertemente interrelacionadas, como la climática, alimentaria, económica y migratoria, y causa grandes sufrimientos y penurias. “Pienso –dice el Papa Francisco en un párrafo-  en primer lugar en los que han perdido a un familiar o un ser querido, pero también en los que se han quedado sin trabajo”. En ese marco, la Iglesia reconoce que, lamentablemente, junto a numerosos testimonios de caridad y solidaridad, están cobrando un nuevo impulso diversas formas de nacionalismo, racismo, xenofobia e incluso guerras y conflictos que siembran muerte y destrucción.

De allí que el lema de esta jornada es “La cultura del cuidado como camino de paz”, para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día. Siempre, pero particularmente en este tiempo de desasosiego queda la tarea de imponer relaciones sociales basadas en la fraternidad: que cada uno se haga cargo del otro y entre todos, de un planeta en riesgo.

Salta, 01 de enero de 2021

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