
El país que viene no cabe en la política que tenemos

Y no me refiero solamente a un cambio de gobierno, de partido o de modelo económico. Hablo de algo mucho más profundo: está cambiando la sociedad, está cambiando el trabajo, está cambiando la manera de informarnos, está cambiando la relación entre el ciudadano y el Estado y, sobre todo, está cambiando la idea que las nuevas generaciones tienen acerca de su propio futuro.
Sin embargo, seguimos discutiendo la Argentina con las categorías políticas del siglo XX.
Seguimos hablando de oficialismo y oposición, de izquierda y derecha, de peronismo y antiperonismo, de Estado presente y Estado ausente.
Mientras tanto, afuera de esa discusión, hay una sociedad que está haciendo otra cosa.
Un joven ya no necesariamente espera que un partido político le explique el mundo. Lo busca en internet. Un trabajador puede tener tres empleos distintos sin sentirse representado por ninguna organización sindical. Un empresario puede venderle al mundo desde una computadora instalada en Salta. Un estudiante puede aprender con una inteligencia artificial aquello que la escuela todavía no sabe cómo enseñarle.
La realidad se volvió líquida y la política continúa funcionando en compartimentos estancos. Y esto no es solamente un problema de la política nacional, también nos interpela a nosotros, los salteños.
Porque Salta está entrando en una etapa que puede ser extraordinaria. Tenemos minería, energía, producción, turismo, posibilidades logísticas y una ubicación estratégica frente al Corredor Bioceánico.
Pero ninguna de esas oportunidades garantiza por sí misma el desarrollo.Para aprovecharlas necesitamos algo que no se consigue con una elección: un proyecto de provincia.
Y aquí aparece la gran pregunta que deberíamos comenzar a hacernos de cara a los próximos años; no deberíamos preguntarnos solamente quién va a gobernar Salta. Deberíamos preguntarnos para qué queremos gobernarla. Porque administrar una provincia no es lo mismo que conducirla.
Administrar es pagar sueldos, mantener servicios, inaugurar obras y resolver los problemas que aparecen cada mañana. Gobernar, en cambio, es tener una idea del lugar al que se quiere llegar, lo cual exige pensar más allá del calendario electoral.
El país que viene será probablemente más tecnológico, más competitivo y también más desigual si no somos capaces de preparar a nuestra gente para esa transformación.
Porque la inteligencia artificial no va a esperar que terminemos de discutir una interna partidaria; de la misma manera, la transformación del trabajo no va a esperar que reformemos nuestros estatutos ni el mundo va a esperar que nos pongamos de acuerdo.
Aquí es donde aparece una paradoja argentina: tenemos una dirigencia que discute permanentemente el poder, pero muy pocas veces discute el futuro. Pero lo peor es que nos hemos acostumbrado a considerar que la política consiste en conquistar el Estado cuando la gran política del siglo XXI consiste en algo bastante diferente, en preparar a la sociedad para vivir en un mundo en el que el Estado ya no podrá resolverlo todo.
Eso implica recuperar la educación como política de Estado, formar docentes para una época nueva, pensar infraestructura no solamente como obra pública, sino como integración territorial.
Implica dejar de mirar al Norte Grande como una periferia y comenzar a pensarlo como una plataforma de integración con América del Sur; y finalmente, significa dejar de administrar las oportunidades como si fueran favores políticos y comenzar a convertirlas en políticas de desarrollo.
Por eso, la discusión política que viene no debe ser quién representa mejor al pasado sino quién tiene mejores ideas para representar el futuro.
Porque las sociedades no fracasan solamente cuando tienen malos gobernantes, también fracasan cuando sus dirigentes dejan de entender el tiempo que les toca vivir.
Un país nuevo está naciendo entre nosotros y la pregunta es si vamos a tener la inteligencia política necesaria para reconocerlo. Porque, finalmente, el país que viene no cabe en la política que tenemos.
Y si la política no cambia de tamaño, de lenguaje y de pensamiento, será el país el que termine dejándola atrás. -





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