
Güemes, Macacha y la Argentina que busca volver a creer

Cada 17 de junio los argentinos recordamos a Martín Miguel de Güemes, el general que defendió la frontera norte cuando la independencia todavía era una idea frágil y no una certeza. Pero quizás la mejor manera de homenajearlo no sea repetir fechas ni actos escolares. Tal vez sea preguntarnos qué puede enseñarnos hoy, en una Argentina atravesada por el desencanto, la grieta y la dificultad para construir proyectos colectivos.
Güemes entendió algo que sigue siendo revolucionario: no se puede defender una patria sin el pueblo. Mientras otros ejércitos estaban formados por militares profesionales, él construyó una fuerza popular integrada por gauchos, campesinos, hombres y mujeres que conocían cada sendero, cada cerro y cada rincón del norte argentino. Fue una gesta colectiva antes que individual.
Y en esa historia hay protagonistas que durante mucho tiempo quedaron injustamente en segundo plano.
La más importante fue su hermana, Macacha Güemes. Espía, estratega, negociadora y dirigente política, fue mucho más que “la hermana de”. Organizó redes de información, confeccionó uniformes, coordinó apoyos para los Infernales y llegó a conducir asuntos de gobierno cuando Güemes estaba en campaña. También fue clave para alcanzar el Pacto de los Cerrillos, que permitió evitar enfrentamientos internos entre patriotas y concentrar esfuerzos en la independencia.
Macacha representa una lección vigente: la política no es solamente confrontación. También es diálogo, construcción de acuerdos y capacidad para sostener una causa común aun en medio de las diferencias.
Junto a ella actuaron otras mujeres extraordinarias. Martina Silva de Gurruchaga financió tropas, bordó banderas, aportó recursos propios y fue reconocida por el general Manuel Belgrano con el grado de Capitana del Ejército Patriota.
También estuvieron las llamadas “bomberas”, mujeres que desarrollaron redes de espionaje y comunicación, arriesgando sus vidas para transmitir información sobre los movimientos realistas. Entre ellas sobresalieron figuras como Juana Moro y María Loreto Sánchez Peón, fundamentales para el éxito de la Guerra Gaucha.
La independencia no fue obra de un héroe solitario. Fue una construcción colectiva donde hombres y mujeres entendieron que había algo más importante que sus intereses personales.
Y ahí aparece el espejo con la Argentina actual.
Vivimos tiempos donde abundan los diagnósticos pesimistas. Se desconfía de la política, de las instituciones y muchas veces hasta del otro. La discusión pública parece reducirse a quién tiene la culpa y no a quién tiene la responsabilidad.
Güemes y Macacha hicieron exactamente lo contrario. En un contexto mucho más adverso que el nuestro, eligieron organizarse. Donde había divisiones buscaron unidad. Donde había privilegios apostaron por incorporar a quienes nunca habían sido escuchados. Donde había miedo, construyeron esperanza.
La verdadera herencia de Güemes no es solamente militar. Es ética. Nos recuerda que los grandes cambios nunca los hacen los individuos aislados sino las comunidades que encuentran una causa común.
Quizás por eso, dos siglos después, la pregunta sigue vigente: ¿qué estaríamos dispuestos a hacer hoy por la Argentina que soñamos?
Porque la patria que defendieron Güemes, Macacha y tantas mujeres anónimas no fue un territorio. Fue una idea. La idea de que cuando un pueblo decide caminar unido, ninguna adversidad es definitiva.







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