El Libertador y la historia    

El país, está compartiendo con el resto de los americanos, el 172 aniversario del paso a la inmortalidad de José Francisco de San Martín.
Opinión17/08/2022 Miguel Ángel Cáseres

san martin

    Es probable que, en la mayoría de los actos programados y en muchos medios de difusión, se recurra a la versión de la “Historia Oficial” para referirse a su persona y trayectoria. Historia que contó con Bartolomé Mitre, como figura resaltante en el proyecto de vaciamiento de la memoria colectiva y generó, para ello, las bases de nuestra historiografía con su “Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina” en 1876 y la “Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana” en 1887. 

     Esa Historia de San Martín tuvo como objetivo apropiarse de su figura y, a partir de allí, los usurpadores, pudieron justificar su hegemonía titulándose herederos y continuadores de una causa narrada como traje a medida. 

     El prócer nació en Yapeyú,  vocablo guaraní que significa “fruto llegado a  su tiempo”. En realidad el nombre original del pueblo es Nuestra Señora de Los Santos Reyes Magos del Yapeyú, que fue destruido por los Bandeirantes portugueses, el día siguiente del triunfo en la Batalla de Chacabuco (13 de Febrero de 1817). 

     La capacidad del estratega militar se forjó en España, en la mejor escuela para un combatiente: el campo de batalla. El estadista fue la resultante de la conjugación de todas esas experiencias, a la que sumó lecturas, viajes y contactos con personalidades. Porque los próceres no nacen siéndolo, deben forjarse desde el estudio, sacrificado y meticuloso,  y desde el compromiso con un proyecto político. De allí que, San Martín, fue uno de los políticos más lúcidos que tuvo el continente.

   Los representantes de la historiografía oficial, la clásica, la escrita desde la miopía, o la traición, de espaldas no solo al hecho histórico, sino fundamentalmente al supremo interés nacional, lo quiso encerrar en el territorio militar. En la visión fática, en el pequeño y circunstancial espacio de una batalla; como si éstas no fueran las resultantes de las decisiones políticas, por aquello de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. 

  Esa es la historia de los “próceres”. Vaciados de humanidad. Seres pétreos, inmaculados, inalcanzables. Carentes de ideologías. Sin utopías. Con dueños y sin sueños. Al servicio de sus propietarios, que no es el pueblo, sino de unos pocos “ganadores”, que lograron ese status a costa de la derrota de las estrategias de estos adalides de la nacionalidad. Los paradigmas de la patria grande. Simplemente porque a la historia la escriben los vencedores. Es por ello que nadie habla, ni siquiera en ámbitos o claustros universitarios, de la esencia, las entrañas, la médula misma de esas estrategias, para quedarse nadando en las periferias folclóricas de las mismas. 

     Así se convierten solo en abnegados y valientes. Nadie habla de sus llantos, de sus angustias. De sus grandes derrotas, que no siempre fueron militares. Porque si no hubiesen sido derrotadas sus doctrinas y sus ideas políticas, no podría explicarse que seamos naciones dependientes. Con flagelantes mayorías excluidas. Estructuras productivas destruidas. Con deuda externa menoscabando la soberanía y deuda interna pisoteando las esperanzas. Con abuelos sumidos en la miseria y el olvido. Con niños sin posibilidades de futuro al no poder acceder a una educación cualificada. Con recursos no renovables expoliados, Con democracia ficcional por que los partidos políticos son una mesa de dinero donde sus dirigentes son gerentes de intereses ajenos.

     Él afirmó que, para defender la causa de la independencia, no se necesita otra cosa que orgullo nacional y que no se debe hacer promesa que no se deba o no se pueda cumplir. Su voz resuena más fuerte que nunca, especialmente para aquellos que enceguecen en su ambición o para quienes en sus penurias económicas terminan pensando con el estómago. Sostuvo que: “es cierto que tenemos que sufrir escasez de dinero, paralización del comercio y la agricultura, arrostrar trabajos y ser superiores a todo género de fatigas y privaciones; pero todo es menos, que volver a uncir el yugo pesado e ignominioso de la esclavitud”. 

   No concibió la obediencia debida y dejó el ejemplo de no haber desenvainado su sable por opiniones políticas, pero si por un proyecto político liberador de pueblos. Porque no hay nación sin pueblo, que es la esencia filosófica de todos los esfuerzos. Por eso, cumplió el compromiso de no derramar sangre de sus compatriotas. Porque tenía en claro el fin y el método.

     Pregonó, hasta el último día, la necesidad de la unidad, en la seguridad de que, divididos seremos esclavos, e instó a deponer los resentimientos particulares y concluir la obra de la independencia con honor. “Si somos libres, todo nos sobra” decía. Tiempos difíciles los hubo siempre. Para los hombres de coraje se han hecho las empresas y José Francisco de San Martín fue un ejemplo de su palabra. 

   Fue un político con conciencia nacional.  Sostenía que, al hombre honrado no le es permitido ser indiferente al sentimiento de justicia. Así pensaba, él que sacrificó su juventud al servicio de los españoles, su adultez al servicio de su patria y se consideró en el derecho a disponer de su vejez. El mismo que dijo: “La patria existe y triunfará”. 

     Por eso es urgente la necesidad de rescatar a San Martín y los compatriotas que fueron tomados prisioneros por las  redes de la historia falsificada. La Patria y su Pueblo tienen urgencia de recuperar al prócer, que fue capaz de enfrentar a los grupos de poder, que impusieron el control político del destino nacional desde Buenos Aires. Se apropiaron de su figura y modelaron un héroe que debía sostener el proyecto de división territorial americano y propiciar el desarrollo de un nuevo orden económico mundial manejado por las potencias de turno.

    Ellos, por el contrario, hablaban de unidad, de soberanía e independencia, de educar al pueblo. Tenían visión continental porque entendían  que América es una nación desmembrada y que era necesario reconstruirla. 

  Un 17 de agosto de 1850, a las tres de la tarde, lejos de su patria, se internó para siempre en el  terreno al que solo acceden los grandes: el cariño y la veneración de sus compatriotas. Lo había preanunciado en carta de fecha 20 de Septiembre de 1822, al decir: “en cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas como en lo general de las cosas dividirán sus opiniones; los hijos de éstos darán el verdadero fallo...”.  Dejó para la posteridad los frutos de su talento estratégico pero también la riqueza de su pensamiento. Consideraba que, más ruido hacen diez hombres que gritan, que cien mil que están callados, en concomitancia con los que sostenían que hemos mantenido un silencio parecido a la estupidez. Su legado tiene vigencia en los tiempos actuales, plenos de virulencias. 

                                                Muchas gracias  -  Hasta la próxima.

                                                           Miguel Ángel Cáseres

 

     

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