A diez años de la caída de Mubarak, Egipto vive bajo un régimen aún más represor

El Mundo 26 de enero de 2021
Los egipcios que salieron a la calle el 25 de enero de 2011 sabían lo que hacían. Sabían que corrían el riesgo de ser detenidos o algo peor. Pero, conforme su número aumentaba en la Plaza Tahrir de El Cairo, saborearon el éxito.
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Las fuerzas policiales retrocedieron y, en cuestión de días, el entonces presidente Hosni Mubarak aceptó los reclamos de que diera un paso al costado.

Pero los acontecimientos no resultaron como muchos de los manifestantes habían previsto. Una década después, se calcula que miles de personas han huido al extranjero para escapar del gobierno del presidente Abdel Fattah el-Sissi, considerado aún más opresivo.

La importante pérdida de académicos, artistas, periodistas y otros intelectuales, junto con un clima de miedo, ha dificultado cualquier oposición política.

El Dr. Mohamed Aboelgheit fue uno de los encarcelados en la ciudad meridional de Assiut en 2011 tras sumarse a los llamados a rebelarse contra la brutalidad policial y Mubarak. Pasó parte del levantamiento en una pequeña celda.

Liberado en medio del caos, disfrutó del clima de libertad política en el país más poblado del mundo árabe, protestando, trabajando como periodista y uniéndose a la campaña de un candidato presidencial moderado. Pero eso no duró.

A Mubarak lo sucedieron gobernantes militares interinos. En 2012, Mohamed Morsi, miembro del grupo islamista más poderoso de Egipto, los Hermanos Musulmanes, fue elegido como primer presidente civil de la historia del país. Pero su mandato resultó divisivo.

En medio de protestas masivas, los militares -dirigidos por el entonces ministro de Defensa el-Sissi- destituyeron a Morsi en 2013, disolvieron el Parlamento y finalmente prohibieron a los Hermanos Musulmanes declarándolos "grupo terrorista". A eso siguió la represión de la disidencia, y el-Sissi obtuvo dos mandatos en elecciones que las agrupaciones de derechos humanos consideraron antidemocráticas.

Disidentes exiliados

"Gradualmente, empecé a sentir más miedo y amenazas", contó Aboelgheit. Sus amigos fueron encarcelados, sus escritos con críticas al gobierno llamaron la atención, y "no iba a esperar a que me pasara a mí", agregó.

Tras la llegada al poder de El-Sissi, Aboelgheit se mudó a Londres, donde ha publicado informes de investigación sobre otras regiones del mundo árabe.

En su antigua casa de Egipto, agentes de seguridad nacional preguntaron por él. Cuando la esposa de Aboelgheit volvió al país por última vez para visitar a sus familiares, fue citada para ser interrogada sobre sus actividades. El mensaje era claro.

Nadie sabe exactamente cuántos egipcios como Aboelgheit huyeron de la persecución política.

Los datos del Banco Mundial muestran que aumentó el número de emigrantes de Egipto desde 2011. Un total de 3.444.832 se fueron en 2017, casi 60.000 más que en 2013, los años de los que se cuenta con cifras. Pero es imposible distinguir los emigrantes económicos de los exiliados políticos.

Los que partieron se reubicaron en Berlín, París y Londres. Los egipcios también se han instalado en Turquía, Qatar, Sudán e incluso en países asiáticos como Malasia y Corea del Sur.

60.000 presos políticos

Human Rights Watch calculó en 2019 que había 60.000 presos políticos en Egipto. El Comité para la Protección de los Periodistas sitúa a Egipto en el tercer lugar, por detrás de China y Turquía, en la detención de periodistas.

El-Sissi rechaza esos datos y asegura que en Egipto no hay presos políticos. La detención de un periodista o de un defensor de los derechos humanos es noticia aproximadamente una vez por mes. Muchas personas han sido encarceladas por cargos de terrorismo, por violar la prohibición de las protestas o por difundir noticias falsas. Otras permanecen en prisión preventiva indefinida.

El-Sissi sostiene que Egipto contiene al extremismo islámico para no caer en el caos como sus vecinos.

"Sissi no sólo quiere abolir los derechos de la oposición e impedir que se exprese cualquier voz crítica. En realidad tampoco cree en la oposición, no cree en la política", explicó Khaled Fahmy, profesor egipcio de historia moderna de Oriente Medio en la Universidad de Cambridge.

Fahmy piensa que este es el peor período de la historia moderna de Egipto en cuanto a derechos humanos.

"Es mucho más grave, es mucho más profundo y mucho más oscuro lo que Sissi tiene en mente", dijo.

Quienes en el extranjero podrían desafiar a el-Sissi optaron por no volver.

Taqadum al-Khatib, académico que también trabajó en la naciente escena política después de 2011, estaba investigando la antigua comunidad judía de Egipto en Alemania cuando se enteró de que regresar a su patria ya no era una opción.

El agregado cultural egipcio en Berlín convocó a al-Khatib a una reunión y un funcionario lo interrogó sobre sus artículos, publicaciones en las redes sociales e investigaciones. Se le pidió que entregara su pasaporte, pero se negó. Poco después, fue despedido de su trabajo en una universidad egipcia. Se considera afortunado de poder trabajar en su doctorado en Alemania, pero echa de menos el bullicio de El Cairo.

"Es una situación muy difícil. No podría volver a mi casa", dijo al-Khatib.

Fahmy dijo que ha visto cómo se les revocaba la ciudadanía egipcia a los expatriados que levantaban la voz.

Un funcionario de prensa del gobierno no respondió una solicitud de declaraciones sobre la persecución e intimidación de egipcios -en el extranjero o en el país- por su trabajo como periodistas, activistas o académicos o por expresar opiniones políticas.

Una periodista condenada a muerte

La periodista Asma Khatib, de 29 años, recuerda los embriagadores días de 2011, cuando los jóvenes pensaban que podían generar cambios.

Periodista de una agencia de noticias favorable a los Hermanos Musulmanes, Khatib cubrió la corta presidencia de Morsi en medio de críticas de que el grupo usaba la violencia contra los opositores y buscaba monopolizar el poder para convertir a Egipto en un estado islámico.

Tras la destitución de Morsi, sus partidarios organizaron sentadas para pedir su restitución en una plaza de El Cairo. Un mes más tarde, los nuevos dirigentes militares los desalojaron por la fuerza y más de 600 personas fueron asesinadas.

Khatib documentó la violencia. Pronto empezaron a detener a sus colegas y ella huyó de Egipto, primero a Malasia y luego a Indonesia y Turquía.

En 2015 fue juzgada en ausencia por cargos de espionaje, declarada culpable y condenada a muerte. Ahora ella, su marido Ahmed Saad, también periodista, y sus dos hijos han pedido asilo en Corea del Sur.

Creen que nunca más podrán volver, pero también son conscientes de que tienen suerte al estar libres. El día que se anunció la sentencia, la periodista recuerda que se dijo: "Ya no tienes país".

"Sé que hay muchos otros como yo. No soy diferente de los que están en la cárcel", dijo.

Los exiliados han tenido mucho tiempo para pensar en qué falló el levantamiento en Egipto. La amplia alianza de manifestantes -desde islamistas hasta activistas laicos- se fracturó al no tener un enemigo común como Mubarak, y las voces más extremas se convirtieron en las más ruidosas.

El papel de la religión en la sociedad quedó en gran medida sin respuesta y las iniciativas laicas liberales nunca cobraron fuerza. Nadie tuvo en cuenta la cantidad de gente que abrazaría a las antiguas figuras del régimen, especialmente en una crisis.

La mayoría de los egipcios que viven en el extranjero no han estado políticamente activos porque temen por los familiares y amigos que han quedado en el país. Pero algunos continúan el camino iniciado el 25 de enero de 2011.

Tamim Heikal, que trabajaba en el mundo empresario cuando estallaron las protestas, dudaba de que el gobierno pudiera reformarse. Pero pronto llegó a ser director de comunicación de un partido político emergente. Más tarde, vio cómo encerraban a otros y supo que había llegado su turno cuando en 2017 recibió una invitación de agentes de inteligencia para "ir a tomar un café." Reservó un pasaje a París y no ha vuelto.

Ahora, a sus 42 años, quiere formarse y formar a otros para cuando resurja un movimiento popular en Egipto. Se gana la vida editando, traduciendo y haciendo trabajo de consultoría para grupos de derechos humanos, y trata de tender redes entre los miembros de la diáspora.

"Es como si me hubiera infectado con un virus después de la revolución", dijo. "No sé cómo volver. No podré relajarme hasta que no se produzca el cambio".

Otros intentan arreglárselas en tierras extrañas. Asma Khatib y su marido no saben qué decir a sus hijos pequeños cuando les preguntan de dónde son.

A Abouelgheit, médico devenido periodista, le preocupa que su hijo no hable árabe después de tanto tiempo en el Reino Unido.

Espera regresar a casa algún día, pero mientras tanto evalúa retomar la profesión médica.

Clarín

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