Decoro

Opinion 30 de septiembre de 2020
Seguramente que el hecho que concluyó en la renuncia de un diputado nacional por Salta será muy difícil de superar, aún en un ámbito que cada vez va teniendo menor prestigio por las conductas de sus principales protagonistas. Pero hay señales que van indicando que hay preocupación por recuperar la política como una altísima actividad humana. Y en ese esfuerzo se puede caer en excesos.
ameri

Este miércoles se tuvo conocimiento que a una concejal capitalina, un grupo de sus pares cuestionó su forma de vestir y le requirió un cambio. La respuesta fue que no son cuestiones opinables al no haber un ordenamiento al respecto, posición sustentada también por el presidente del cuerpo. Y hubo un agregado en boca de la afectada: “se escandalizan por un escote, un vestido corto o un cuerpo voluptuoso y no por las mentiras que hay en la política”.

Ambos hechos rozan un concepto que se ha reactualizado a propósito especialmente de lo acaecido el pasado jueves en la Cámara de Diputados de la Nación  y se trata del decoro, cuyo abandono fue la razón por la que el kirchnerista Juan Emilio Ameri debió dejar su banca. Es un concepto amplio pero que en este caso, la mejor aproximación se vincula al respeto que se debe a una persona o a una institución y que éstas se merecen.

A Ameri le faltó pudor, es lo que puede asegurarse  aunque es lo que poco impactó teniendo en cuenta sus implicancias. En realidad, levantó una polvareda política que aún no se ha asentado pero no transita por cuestiones morales, éticas ni estéticas.

Y quizás valga profundizar en la cuestión del decoro, que no se agota en una actitud pública sino que expresa una posición personal que se corresponde con un colectivo como es un espacio político. Lamentablemente, pareciera observarse una naturalización de inconductas como resultado de un clima de sospecha en el que se desenvuelve la conducción del Estado. Desde la designación de jueces a la distribución de recursos destinados a la atención de la emergencia sanitaria, cualquier hecho despierta inquietud en el hombre común sobre su transparencia o sobre su legalidad.

El decoro político exige tres concordancias, señala Gonzalo Fernández de la Mora, miembro de número de la Academia de Ciencias Morales de España. Y se refiere a la que existe entre lo que se dice y se piensa, entre lo que se dijo y se dice y también entre lo que se recibe y se da. Esto es, ubica al decoro político en un comportamiento de lealtad hacia el pueblo. Seguramente quien promete servir como razón de su función política debe sostener una actitud decorosa.

“Lo estrictamente indecoroso es mentir al pueblo”, dice el académico y coincide plenamente con lo que seguramente es intuición y convicción en la concejal Candela Correa. Planteó una campaña electoral prometiendo trabajar por el bienestar de las personas, entendiendo como tal un hábitat sano y confortable y un cuidado físico de las personas. Quizás no fueron sus propuestas las que le aseguraron su triunfo electoral pero sin dudas que es su decoro lo que se nota desde la banca que logró en el cuerpo deliberativo de la capital.

En medio de una crisis compleja, que propone cambios profundos, no pareciera que sea un momento para debatir sobre estas cuestiones. Sin embargo, un discurso transversal en todo el planeta anticipa que nada será igual luego que el mundo logre vencer a un virus que lo tiene a mal traer.

Es necesario que los salteños no se sustraigan de esos cambios .

Te puede interesar