
La casa siempre gana. Nuestros hijos apuestan. Perdemos todos.

Más de medio millón de chicos ya apostaron, a pesar de que tienen legalmente prohibido hacerlo. La edad de inicio ronda los 13 años y seis de cada diez conocen a alguien que apuesta.
Y las consecuencias pueden ser mucho más graves que perder unos pesos.
La Sociedad Argentina de Pediatría advierte que el juego problemático puede estar asociado con ansiedad, aislamiento, depresión, problemas financieros, conflictos familiares e incluso ideación suicida.
Por eso hay que llamar a las cosas por su nombre. Cuando un chico de 13 o 14 años apuesta desde su celular, ya no estamos hablando solamente de entretenimiento. Estamos hablando de un problema de salud. Y también de un negocio enorme.
Un negocio que consiguió integrarse tanto al deporte que muchas veces dejamos de verlo como una actividad de riesgo. Las apuestas aparecen en las camisetas, en las transmisiones, en las redes y en los contenidos deportivos. Las promocionan influencers, celebridades y figuras que para millones de chicos no son un anunciante: son un referente.
Y acá hay que hacerse preguntas incómodas.
¿Qué responsabilidad tiene una personalidad pública cuando presta su imagen para promocionar una actividad que puede generar adicción? ¿Qué responsabilidad tienen los clubes que llevan casas de apuestas en sus camisetas? ¿Y qué responsabilidad tienen los medios cuando, durante una transmisión, la invitación a apostar termina formando parte del espectáculo?
Una publicidad no pesa igual cuando la protagoniza alguien a quien un chico admira. Mientras en la escuela les decimos que no deben apostar, el resto de la sociedad les dice que apostar es normal.
Esa contradicción ya no se puede ignorar.
Hace pocos días Brasil tomó una decisión extrema: prohibió las apuestas online, su explotación y también su publicidad. Lo fundamentó, entre otras razones, en el impacto sobre la salud y el endeudamiento de las familias.
No estoy planteando que la Argentina tenga que recorrer ese mismo camino. Pero sí que Brasil puso sobre la mesa una discusión que nosotros tenemos que dar.
El negocio puede ser muy grande. El riesgo social también lo es.
Y tenemos antecedentes.
Durante décadas el cigarrillo estuvo asociado al deporte y a grandes figuras. Hasta que entendimos que no tenía sentido advertir sobre sus consecuencias mientras una maquinaria publicitaria lo convertía en algo atractivo.
Entonces pusimos límites.
Hoy la publicidad, la promoción y el patrocinio del tabaco están fuertemente restringidos. No permitimos que las tabacaleras utilicen a nuestros ídolos para vender cigarrillos.
Pero hay una contradicción todavía más difícil de explicar.
La Argentina decidió que un alimento con exceso de azúcar, grasas o sodio no puede utilizar personajes infantiles, mascotas, celebridades o deportistas para incentivar su consumo. Por eso desaparecieron personajes históricos de muchos envases dirigidos a chicos.
Le prohibimos a una chocolatada utilizar un conejito para atraer a nuestros hijos, pero todavía permitimos que las apuestas se promocionen alrededor del fútbol y con figuras que para esos mismos chicos son indiscutibles.
Algo no está funcionando.
No creo que la respuesta sea prohibir mañana todas las apuestas. Sí creo que llegó el momento de discutir en serio su publicidad.
Que no puedan utilizar deportistas, influencers o personalidades con llegada a menores. Que no patrocinen contenidos dirigidos a chicos. Que desaparezcan de los espacios deportivos con fuerte audiencia infantil y adolescente. Que existan advertencias claras sobre ludopatía y endeudamiento. Y que dejemos de presentar una actividad capaz de generar adicción como si fuera simplemente otra manera de vivir el fútbol.
En Salta ya empezamos. Se bloquearon páginas de apuestas en las conexiones de las escuelas y estamos trabajando en una iniciativa legislativa para profundizar la prevención y limitar la publicidad dirigida a menores.
Pero hay que ir más lejos.
No se trata de decirles a los adultos qué pueden hacer con su dinero. Se trata de reconocer que hay negocios que, por los riesgos que generan, no pueden promocionarse como cualquier otro producto.
Ya lo entendimos con el tabaco.
Estamos empezando a entenderlo con determinados alimentos.
Llegó el momento de entenderlo también con las apuestas.
Porque cuando uno de cada cuatro adolescentes ya apostó alguna vez, mirar para otro lado también es una decisión.
La casa siempre gana. Nuestros hijos apuestan. Y al final, perdemos todos.





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