
Cuando los números pierden humanidad

Y probablemente sea cierto que el Estado no puede gastar eternamente lo que no tiene. Las cuentas tienen que cerrar. El problema es otro: ¿sobre quién hacemos que cierren?
Porque un país no es solamente una planilla de Excel. Detrás de cada número hay una persona. Y cuando uno empieza a olvidarse de eso, la economía puede mejorar en los papeles mientras la sociedad se va rompiendo por abajo.
El Gobierno nacional hizo del equilibrio fiscal casi una cuestión moral. Y en nombre de ese objetivo vetó leyes vinculadas con jubilaciones y discapacidad. También vetó la emergencia pediátrica, que contemplaba al Hospital Garrahan, uno de los símbolos más importantes de la salud infantil argentina.
Podemos discutir cuánto cuestan las leyes. Lo que no deberíamos discutir es cuánto vale una persona.
Porque cuando una familia tiene un hijo con discapacidad, una prestación no es un privilegio. Cuando un jubilado cuenta las monedas para llegar a fin de mes, no estamos hablando de una casta. Y cuando un médico atiende a un chico enfermo, su salario tampoco debería ser considerado simplemente un gasto.
La Argentina ya escuchó antes algunos de estos argumentos.
En 2001 también hubo una palabra que parecía mágica: “déficit cero”. Para alcanzarlo se aplicó un recorte del 13% sobre jubilaciones y salarios públicos. La historia terminó como todos sabemos: una crisis económica, política y social que explotó en diciembre y dejó una de las heridas más profundas de nuestra democracia.
No digo que 2026 sea 2001. La historia nunca se repite exactamente.
Pero la historia sirve para algo: para no enamorarnos dos veces de los mismos errores.
Los argentinos sabemos que hubo gobiernos que gastaron mal, Estados ineficientes, corrupción, privilegios y una política que muchas veces confundió sensibilidad social con repartir recursos sin preguntarse quién los pagaba.
Eso también hay que decirlo.
Pero entre un Estado irresponsable y un Estado indiferente debería existir un camino.
Porque gobernar no es solamente ordenar números. Es decidir prioridades.
Y quizás lo que más preocupa de este tiempo no sea solamente el ajuste, sino cierta naturalización de la crueldad. Que reclamar se convierta rápidamente en ser enemigo. Que el jubilado que protesta moleste. Que la persona con discapacidad tenga que volver a explicar por qué necesita ayuda. Que médicos, docentes o científicos parezcan tener que pedir disculpas por reclamar condiciones dignas.
Mi abuela decía una frase bastante más sencilla que cualquier teoría económica: “El hilo siempre se corta por lo más fino”.
El problema es cuando desde el Estado sabemos perfectamente cuál es el hilo más fino… y aun así elegimos tirar de ahí.
Un gobierno tiene derecho a ordenar las cuentas.
Tiene derecho a combatir privilegios.
Tiene incluso derecho a equivocarse.
Lo que ningún gobierno debería permitirse es perder la humanidad.
Porque los números pueden cerrar perfectamente.
Pero si para conseguirlo dejamos gente afuera, quizás lo que no esté cerrando sea algo mucho más importante: la idea de país que queremos ser.








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