
Los modos del Presidente

Javier Milei tiene derecho a su estilo, a sus ideas y a sus modos. Tiene derecho a confrontar, a incomodar y a decir cosas que muchos otros no se animan a decir. Lo que no puede hacer es olvidar que es el Presidente de la Nación, porque desde el momento en que alguien ocupa la máxima responsabilidad institucional del país, sus palabras dejan de ser solamente suyas.
Los cargos, muchas veces, son cargas. Quien acepta representar a una comunidad acepta también límites que un ciudadano común no tiene. No pierde su libertad, su personalidad o sus convicciones, pero asume una responsabilidad mayor porque ya no habla solamente en su nombre: habla desde el lugar que ocupa.
Y esto adquiere una dimensión todavía más importante cuando ocurre dentro de una escuela y frente a chicos.
Una escuela no es un escenario político. No importa quién gobierne, qué partido represente ni cuánto apoyo tenga. Los chicos van a la escuela a aprender, a preguntar, a discutir ideas y a formar su propio criterio. No a convertirse en público de una disputa política entre adultos.
Por eso, en Salta tomamos una decisión clara: nadie ajeno a una institución educativa puede ingresar sin autorización. No lo hicimos para cerrar las escuelas al mundo, sino exactamente por lo contrario: para preservar el lugar donde los chicos deben aprender a comprenderlo con libertad.
Y acá aparece una discusión que va mucho más allá de una visita a una escuela.
Las formas importan. No porque quienes ocupamos cargos públicos tengamos que hablar con solemnidad, usar palabras elegantes o representar un teatro de buenas maneras. La política puede ser apasionada, incómoda y profundamente confrontativa. A veces, incluso, tiene que serlo.
Pero una cosa es confrontar ideas y otra, convertir al que piensa distinto en un enemigo al que hay que humillar.
Cuando desde los lugares de mayor autoridad el insulto empieza a reemplazar al argumento, la descalificación se vuelve cotidiana y el agravio empieza a celebrarse, algo cambia también fuera de la política. Porque aquello que hacen quienes ejercen autoridad transmite, inevitablemente, un mensaje sobre qué conductas consideramos aceptables.
Y los chicos también reciben ese mensaje.
Una sociedad necesita discutir. Necesita diferencias. La democracia nunca fue un lugar donde todos tenemos que pensar igual, pero también necesita ciertos límites. No podemos pedirles en la escuela que respeten al compañero que piensa distinto y, al mismo tiempo, mostrarles que en la vida pública quien piensa distinto merece ser insultado.
Hay una contradicción demasiado evidente y es peligrosa, porque puede poner en juego la paz social que no es una consigna ingenua sino que se traduce en la capacidad de una comunidad de discutir sus diferencias sin destruir los vínculos que la unen, mas allá de la discusión.
Y esa responsabilidad aumenta a medida que aumenta el poder.
Un Presidente no tiene menos libertad que los demás. Tiene más responsabilidad. Sus palabras llegan más lejos, producen más consecuencias y ayudan, para bien o para mal, a establecer los límites de aquello que una sociedad empieza a considerar normal.
Por eso las formas no son una cuestión de modales. Son una cuestión institucional.
En una escuela tenemos que enseñar a discutir, a cuestionar, a defender nuestras ideas y también a convivir con quien piensa completamente distinto. Y quienes ejercemos responsabilidades públicas tenemos una obligación adicional: demostrar con nuestros propios actos que eso es posible.
La autoridad no se demuestra gritando más fuerte ni consiguiendo que otros griten con nosotros. Se demuestra entendiendo el peso del lugar que ocupamos.
Porque cuanto más importante es el cargo, mayor es la obligación de estar a su altura.



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