Opinión28/10/2022

Debate

La que cierra hoy fue una semana atravesada por definiciones respecto de la necesidad de evitar confrontaciones y mantener el diálogo como mecanismo de resolución de conflictos. El mensaje no fue solo hacia dentro del país -que transita un tiempo de intolerancia, en el mejor de los casos- sino también para ordenar la relación entre Europa y América Latina. En ese marco, la cuestión de los discursos de odio tomó relevancia.

Fue el Presidente de la Nación el que, en dos instancias, planteó la necesidad de combatir y erradicar los discursos de odio, repensar los modos de comunicación e información y reconocer a esta parte del continente como un área de paz. En la misma línea se ubicó la clase magistral que pronunció el docente y dirigente político Gustavo López, quien recibió este jueves el título de Profesor Honorario otorgado por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta. No hay un vínculo entre estos pronunciamientos, excepto el abordaje de una cuestión de relevante actualidad.

El 18 de junio pasado se conmemoró por primera vez en el mundo el Día Para Contrarrestar el Discurso de Odio, que había declarado un año antes la Asamblea General de Naciones Unidas para encarar la problemática de las retóricas discriminatorias y xenófobas, de conformidad con el derecho internacional de los derechos humanos. Reconocido como un flagelo se exhortó a Estados, sector privado, medios de comunicación, empresas tecnológicas, líderes religiosos, educadores, sociedad civil, a ejercer el deber moral de denunciar con firmeza los casos del discurso de odio, así como jugar un papel crucial en la lucha en su contra.

Si bien tomó fuerza ante el atentado contra la vicepresidenta Cristina Fernández, la cuestión viene siendo estudiada como una modalidad de autoritarismo social, tema que ocupa desde hace una década al Grupo de Estudios Críticos sobre Ideología y Democracia del Instituto de Investigaciones Gino Germani, del que participa la Universidad de Buenos Aires. En su informe “Discursos de odio en Argentina”, da cuenta de una encuesta que muestra que más de un cuarto de la población de este país promovería o apoyaría expresiones públicas que procuren incitar o legitimar la discriminación, la deshumanización y la violencia hacia una persona o un grupo en función de su identidad religiosa, étnica, nacional, política, racial o de género. Ese apoyo se intensifica hacia el centro de la Argentina, donde más del 30% de los encuestados lo promueve y al noroeste, que repite ese guarismo por encima de la media nacional.

Ese dato y la actualidad de la temática despertaron más interés en la conferencia sobre «Comunicación y democracia en tiempos de discursos de odio», que dio el presidente de FORJA y funcionario del gobierno del Frente de Todos. Gustavo López dijo que funcionan como una herramienta política y generan condiciones de violencia que pueden tornarse inmanejable y llegar a romper el pacto democrático de 1983.

Es una cuestión que demanda un debate político amplio y participativo. Según López se impone la discusión sobre qué sociedad se quiere construir. La que viene desde diciembre de 1983 fue hecha sobre “memoria y no olvido, justicia no venganza y sobre la verdad”. Lamentablemente, el tiempo electoral no es una ocasión propicia para discutir ni se puede esperar que las elecciones mejoren o empeoren esta situación puntual.

Mientras el odio aumenta en todo el mundo con discursos que incitan a la violencia, socavan la cohesión social y la tolerancia, el presidente Alberto Fernández llamó a poner en valor el diálogo y pidió ponerse muy duros con los violentos y los cultores del odio. 

Que la cuestión ocupe lugares empinados para ser discutida, es una buena señal. Falta que medie la voluntad de todos los sectores para poner un dique de contención y evitar que los recursos diseñados para mejorar la calidad de vida de las sociedades, se utilicen en un sentido contrario.

Salta, 28 de octubre de 2022

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