Opinión Mario Ernesto Peña (h) 01/11/2025

La incómoda foto del turismo argentino: llegan menos, no alcanza lo que se mueve adentro y se van cada vez más

La incómoda foto no sólo interpela al sector turístico: llega en un momento político sensible, con cambios tras las elecciones, dudas en varias provincias y la salida de Guillermo Francos del Gabinete. En este escenario, la gestión de Daniel Scioli al frente de Turismo quedará bajo la lupa, más allá de los alineamientos partidarios.

Los últimos datos del INDEC, publicados ayer con las cifras oficiales de septiembre, confirman una tendencia que el sector turístico viene percibiendo en los hoteles, aeropuertos y destinos del país: el turismo argentino está profundamente desequilibrado.

La primera señal de alarma está en el turismo receptivo. Según la Encuesta de Turismo Internacional (ETI), en septiembre ingresaron 374.800 turistas extranjeros, lo que representa una caída del 18,9% interanual. Argentina pierde atractivo y competitividad como destino en la región. Y si miramos una foto más amplia, estamos todavía casi un 20% por debajo del movimiento que había en 2022, cuando se daba el rebote postpandemia y el país recuperaba flujo de visitantes internacionales.

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En paralelo, el turismo nacional —que desde 2020 se convirtió en sostén del sector— tampoco logra equilibrar la ecuación. La Encuesta de Ocupación Hotelera (EOH) de agosto muestra un crecimiento del 4,2% en pernoctaciones de residentes, pero ese dato aislado puede engañar si no se lo contextualiza: pese a ese avance, el turismo interno sigue cerca de un 20% por debajo de los niveles de 2022, cuando la demanda local había alcanzado uno de sus mejores momentos históricos. Es decir, crece respecto al 2024, pero aún no recupera el volumen necesario para sostener al sector.

La tercera pata del desequilibrio es la más elocuente. Mientras ingresaron 374.800 turistas del exterior, 706.400 argentinos viajaron a otros países en el mismo período. Es decir, por cada turista que llega, casi dos argentinos se van. El turismo emisivo explotó y ya supera ampliamente al receptivo, generando una fuga de divisas por turismo que preocupa.

Este escenario plantea un doble problema:

económico, porque entran menos dólares y salen más por viajes al exterior; y estructural, porque el país deja de ser destino para convertirse en punto de partida.

La incómoda foto del turismo argentino deja una conclusión evidente: la actividad crece hacia afuera y cae hacia adentro. Si no se recupera competitividad, promoción internacional, conectividad y una estructura de costos razonable que no expulse al turista local, la actividad perderá peso como motor económico y herramienta de desarrollo territorial.

La pregunta es urgente:

¿Qué vamos a hacer para recuperar atractivo, equilibrar la balanza y evitar que el turismo argentino siga desinflándose puertas adentro mientras se fortalece en el extranjero?

Naturalizar este desequilibrio sería un error estratégico. Todavía hay margen para corregirlo —pero no por mucho tiempo más.

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