Opinión11/10/2018

El llamado de Dios

Dios sigue haciendo sentir su voz en el corazón y en la conciencia de muchos jóvenes, varones y mujeres para que se sumen generosamente, al servicio de los más humildes  y descartados de este mundo. La voz de Dios puesta en los escritos del profeta Jeremías tiene una vigencia contundente: «Antes de darte la vida, ya te había yo escogido; antes de que nacieras, ya te había yo apartado; te había destinado a ser profeta de las naciones.»(Jer. 1, 5)

Sin embargo, la turbulencia por la que atraviesa la iglesia católica y muchos movimientos e instituciones, pareciera haber debilitado la capacidad de escucha de los jóvenes.

La iglesia atraviesa un temporal inesperado e imprevisto. Pero lejos de ahuyentar la respuesta de los jóvenes, despierta cada día el interés por servir en el marco de la fe a los más necesitados.

En Roma  se está realizando un Sínodo de Obispos sobre los jóvenes y su orientación vocacional. Participan obispos de todo el mundo y delegados de movimientos religiosos y eclesiales, familias, jóvenes y laicos en general.

Un Sínodo que no dudó en  afrontar los temas más complejos que tienen a la iglesia en vigilia constante, como el problema de la corrupción en la curia romana, el tema candente de los abusos sexuales, la apostasía por falta de credibilidad y los testimonios escandalosos de las divisiones internas. Además de los temas expuestos, tienen especial  presencia otros asuntos, como las continuas migraciones de los pueblos pobres en busca de seguridad y paz,  el del papel de la mujer en la Iglesia, la situación de inseguridad social y económica en que viven muchos jóvenes en países en vías de desarrollo, el interés por la liturgia y la involucración de los jóvenes en la toma de decisiones de la Iglesia.

Un Sínodo muy especial que pone a la iglesia en tensión de encrucijada, debe transformarse o se convertirá en una pieza de museo, con la herencia de un pasado muy oscuro.

Ello implica que deberá que eliminar de su vida interna y externa tres verbos mortíferos: tener, subir y mandar. Y en su lugar cultivar tres verbos que dan vida: dar, bajar y servir. Sólo así podrá ir poniendo  las bases para una restauración verdadera, como la que pretendía Francisco de Asís, una iglesia más humana, fraterna, pacífica y más justa para todos.

Para ser el primero hay que ser el último y el servidor de todos, al menos así lo dijo Jesús.

 Y en segundo lugar, en el centro del corazón y en el centro de la comunidad de Jesús, hay que poner a los pobres, a los descartados, a los excluidos de la sociedad.

Jesús enseña que los seres humanos grandes e importantes son los que no piensan en su propio prestigio. Ni ambicionan imponerse sobre los demás. Sino que se dedican sin ambición y con alegría a ayudar a los otros.  El dinero y el poder no pueden ser la meta de un servidor religioso de ninguna fe, menos de un seguidor de Cristo.

“El impío – afirma el Papa – es descrito como el que oprime al pobre, no tiene compasión de la viuda ni respeta al anciano. El impío tiene la pretensión de creer que su ‘fuerza es la norma de la justicia’. Someter a los más frágiles, usar la fuerza en cualquiera de sus formas: imponer un modo de pensar, una ideología, un discurso dominante, usar la violencia o represión para doblegar a quienes simplemente, con su hacer cotidiano honesto, sencillo, trabajador y solidario, expresan que es posible otro mundo, otra sociedad y otra iglesia”

Jesús sabe que su camino es el del justo perseguido, pero no está dispuesto a echarse atrás. No está dispuesto a bajar el tono de su denuncia al poder injusto y a la religión inhumana, no está dispuesto a negociar con nadie la misericordia de Dios y el lugar privilegiado de los pobres y excluidos en el corazón de Dios. Está dispuesto a correr la suerte de los hombres justos, en medio de una sociedad dominada por los impíos.

Este es el gran desafío para una Iglesia interpelada por los jóvenes y por los pobres, que saben que es posible una renovación, otra Iglesia, una confiable, alegre, serena, pobre, servidora, contenedora y no excluyente.

 



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