Opinión Cristina Fiore 11/08/2026

Infancias en peligro: ¿está un niño preparado para tener un celular?

Hay una decisión que muchas familias toman casi sin pensarlo: darle un celular a un chico. A veces porque todos sus compañeros ya tienen uno. A veces porque facilita la comunicación. A veces, simplemente, porque resulta difícil decir que no.

Pero hay algo que tenemos que empezar a decir con más claridad: un celular en manos de un niño no es solo un teléfono. Es una puerta abierta las 24 horas a contenidos, personas y situaciones capaces de vulnerar su integridad sexual, deteriorar su salud mental y condicionar su futuro.

En esa pantalla puede encontrar información, entretenimiento y oportunidades para aprender. Pero también puede encontrarse con adultos que se hacen pasar por adolescentes, con plataformas de apuestas que utilizan mecanismos diseñados para captar y retener a los chicos, con violencia digital, con pornografía y con sistemas pensados para mantenerlos conectados durante horas. El problema no es la tecnología en sí. El problema aparece cuando pretendemos que un niño o adolescente tenga   frente a una herramienta extraordinariamente poderosa el mismo criterio que un adulto.

Un niño puede saber usar perfectamente un celular y, sin embargo, no tener todavía la madurez para comprender quién está del otro lado deula pantalla, qué consecuencias puede tener una fotografía que comparte, por qué alguien le ofrece dinero para participar de un desafío o cómo funcionan las plataformas que buscan retener su atención. Por eso no alcanza con decirles: “Tené cuidado”.

Los adultos tenemos que estar presentes. Tenemos que saber qué aplicaciones utilizan, con quién se comunican, qué contenidos consumen y cuánto tiempo pasan frente a una pantalla. Tenemos que establecer horarios, usar las herramientas de control disponibles y, sobre todo, conversar. Ningún filtro tecnológico reemplaza una conversación entre un adulto y un chico. Acompañar no es vivir vigilándolos: es estar hasta que estén en condiciones de manejarse solos.

La autonomía no consiste en dejar a un niño solo frente a todos los riesgos. Consiste en prepararlo para reconocerlos y enfrentarlos cuando llegue el momento.

La escuela también tiene una responsabilidad concreta. Por eso en Salta tomamos decisiones claras. En el nivel inicial el celular está prohibido. En primaria su uso está fuertemente restringido y solo excepcionalmente  se permite con fines pedagógicos, bajo autorización familiar y planificación institucional. En secundaria solo puede utilizarse cuando forma parte de una propuesta pedagógica aprobada.  Además, se prohibieron los grupos de WhatsApp entre docentes y estudiantes —porque se detectaron situaciones de riesgo vinculadas a esos canales— y se avanzó en el bloqueo de sitios de apuestas en dispositivos y redes de uso educativo.

Son medidas necesarias. Pero sería un error creer que con eso alcanza.

La escuela puede establecer límites dentro de sus paredes, proteger y enseñar ciudadanía digital. Lo que no puede hacer es reemplazar a las familias.

El grooming no siempre empieza con una amenaza. Muchas veces empieza con una conversación aparentemente inocente. El bullying no termina cuando suena el timbre: puede continuar toda la noche en una pantalla. Y una imagen compartida en segundos puede quedar fuera de control durante años.

No se trata de demonizar la tecnología. Se trata de recuperar la responsabilidad de los adultos. Cuanto más poderosa es una herramienta, mayor es la responsabilidad de quien la entrega. No podemos darle a un niño acceso casi ilimitado al mundo y después sorprendernos porque encuentra cosas para las que todavía no está preparado.

Proteger a los chicos también implica incomodarse. Implica poner horarios, decir que no, preguntar y acompañar. Aunque se enojen. Porque educar no es evitarles todos los conflictos: es ayudarlos a desarrollar las herramientas para enfrentarlos.

La escuela está haciendo su parte. Las familias tienen que hacer la suya. Y la sociedad también debe asumir qué mundo digital estamos construyendo para nuestros chicos.

El celular puede esperar. La infancia no.

Y quizás esa sea la pregunta que todos los adultos deberíamos hacernos antes de entregarle un teléfono a un niño: no si sabe usarlo, sino si está preparado para todo lo que puede encontrar del otro lado de la pantalla.

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