
Cuando las ideas desaparecen del Concejo Deliberante, la República empieza a peligrar

Hay un síntoma inquietante en la política argentina que casi nadie mira con atención: la decadencia del Concejo Deliberante. Allí, en ese primer peldaño de la vida republicana donde debería comenzar el ejercicio serio de la representación ciudadana, se está incubando algo más peligroso que la ignorancia: la desaparición de las ideas.
El concejal debería ser el primer funcionario al que el vecino acude con sus problemas, el representante más cercano de la comunidad y el punto de partida de la pirámide institucional que culmina en la presidencia de la Nación. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia asistimos a sesiones donde el debate público ha sido reemplazado por un espectáculo menor: denuncias de ocasión, gestos tribuneros y una alarmante ausencia de pensamiento político.
De allí que veamos con preocupación y en ocasiones con asombro, la ausencia casi absoluta de conocimientos incluso elementales en los concejales.
Las sesiones donde debieran discutirse los grandes temas comunitarios se han reducido a reñideros pseupolíticos, donde más importante es el signo zodiacal de alguno, la denuncia inter pares; algún otro que confunde el Recinto con una peña y entona una zamba, mientras otros se defienden cual juzgado de acusaciones penales. Se ha reducido esa Ágora, de un ámbito solemne de la democracia a un tumulto que expresa la decadencia intelectual -cuando moral- que luego se repetirá en las Cámaras y en los cargos públicos a los que vayan accediendo.
Confunden el ejercicio de la política con la denuncia mediática. Recorren las calles para evaluar cuánto cemento le puso el intendente al cordón cuneta o miden la altura de los yuyos de algún baldío. Pero proyectos fundamentales, ideas políticas, razonamientos equilibrados, no se encuentra ninguno.
Los que hemos estudiado el comportamiento municipal, venimos predicando el modelo de los municipios más desarrollados que se resumen en el axioma “PENSAR MUNICIPIO-PENSAR CIUDAD”, pero claro, para pensar así, además de cabello hay que ponerse ideas en la cabeza.
Se ha llegado al colmo de legislar que no hace falta tener el secundario para ser concejal. Pero para tomar una empleada de servicio doméstico la hacen investigar hasta por la SIDE para darle el empleo.
Así como no hay pudor para el ejercicio de la función pública, los ciudadanos tenemos el derecho de decir igualmente, sin pudor, que estamos ante demostraciones de desvergüenza y atropello institucional ilimitado. En ocasiones, uno como ciudadano, siente el impulso de pedir que le indemnicen el voto.
No pedimos funcionarios egresados de Hardvar, pero que por lo menos demuestren que han meditado “Juan Salvador Gaviota” o “Platero y yo”.
Cuando la iniquidad se apropia de la representación ciudadana en su estamento fundamental y fundacional, el municipio, con ser la primera y la más antigua institución de la historia, corre el riesgo de convertirse en un cotolengo psesudo político.
Y aunque pudiera parecer exagerado, cuando el primer peldaño de la democracia se degrada, no tarda en resquebrajarse toda la escalera de la democracia y eso, a la larga poner en serio peligro a la República.







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