Opinión Ernesto Bisceglia 08/06/2026

La muerte de Carlos Solari demuestra que la “batalla cultural” ya está perdida

Siete kilómetros de fila humana para rozar un féretro ajeno; una Plaza de Mayo con dos millones de almas capaces de desafiar el frío y el cansancio para tributar a un mito. 

Nunca me gustó la música de los Redondos y particularmente la figura de su líder -Solari- que me pareció una desmedida muestra de mal gusto en todo sentido. Sin embargo, la reacción popular ante su partida constituye un hecho que entiendo, amerita ser considerado.

Siete kilómetros de fila humana para rozar un féretro ajeno; una Plaza de Mayo con dos millones de almas capaces de desafiar el frío y el cansancio para tributar a un mito. La postal asombra por su escala, pero estremece por su reverso. Hay una extraña paradoja en la psicología de masas argentina: somos un pueblo dócil ante el naufragio cotidiano, capaz de tolerar en silencio un ajuste que nos ahoga hasta la asfixia, pero propensos a la histeria colectiva cuando se apaga una voz de culto.

La muerte de Carlos Solari -o mejor dicho, el sepelio definitivo de ese artefacto cultural llamado Patricio Rey- ha desatado una de esas catarsis cíclicas que confunden la gimnasia del sentimiento con la dignidad civil. En un país donde llegar a fin de mes es una utopía de ingeniería económica, la multitud se congrega no para impugnar la escasez, sino para sacralizar el desamparo. Es el triunfo definitivo de la estética de la carencia.

Detrás del despliegue de banderas y el llanto intergeneracional, la liturgia fúnebre opera como el carnaval medieval: un paréntesis de efervescencia que licúa la angustia personal en una masa tibia y compartida. La formidable capacidad de movilización que hoy se quema en el altar ricotero es la misma que escasea a la hora de defender las condiciones materiales de existencia. 

Pasado el estupor, las banderas se guardarán y el frío de la realidad seguirá intacto. La última misa no fue un acto de rebeldía; fue el analgésico más denso de nuestra historia reciente, el refugio perfecto para no tener que mirar el vacío de los propios bolsillos.

La conmoción de estos días excede lo estrictamente musical; estamos ante un fenómeno de religiosidad laica y de profunda densidad sociológica. Cuando una marea humana paraliza el país, copa la Plaza de Mayo y soporta kilómetros de fila en Villa Domínico, no está yendo a despedir meramente a un cantante exitoso. Está rindiendo culto a un aglutinador de identidades, a un refugio simbólico que operó -y aún lo hace-  en las fracturas de la sociedad argentina. 

El sociólogo Émile Durkheim acuñó el concepto de "efervescencia colectiva", ese momento en que una comunidad se reúne y genera una energía superior a la suma de sus individuos, sacralizando ciertos símbolos comunes.

Asistimos al espectáculo de la transmutación del dolor. Aquello que nació en los años 80 y 90 como un rito de resistencia en los recitales de los Redondos se mantuvo intacto y hoy, el velatorio y las concentraciones en las plazas se convirtieron, literalmente, en la "última misa".

En términos duros esos miles vendrían a ser hoy aquello que en 1945, se llamó “El subsuelo de la Patria sublevado”, cuando se “mojaron las patas en la fuente de la Plaza de Mayo”. Son los desclasados, los marginados por una sociedad cada vez más insensible.

Para esa multitud, el espacio público se convierte en su pertenencia y el paso ante un ataúd  es la reafirmación de que pertenecen a un colectivo. Es el desahogo de saberse parte de "los mismos".

En lenguaje político, esas multitudes que se replican en todos los rincones del país, son la demostración palpable, inequívoca, de que esa supuesta “batalla cultural” que planteó el gobierno nacional, es una operación política perdida. -

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