Había una vez un país llamado Argentina
Hoy, aquella promesa parece el comienzo de un cuento que nadie sabe cómo terminar.
La Argentina se ha convertido en una nación que discute permanentemente su pasado porque ha perdido la capacidad de imaginar su futuro. Cada gobierno llega prometiendo refundar la patria y termina administrando las ruinas que atribuye a sus antecesores. Cambian los discursos, las banderas y los enemigos, pero permanece una constante: la incapacidad de construir un proyecto nacional.
Vivimos atrapados en un callejón político sin salida. De un lado, quienes pretenden regresar a un pasado que ya fracasó. Del otro, quienes prometen un futuro que parece exigir la demolición del presente. Y en el medio, millones de argentinos que trabajan, envejecen, emigran o simplemente sobreviven esperando que alguien les explique hacia dónde vamos.
El problema no es solamente económico. Es cultural, institucional y, fundamentalmente, moral. Hemos naturalizado la mediocridad dirigencial, convertido la confrontación en método de gobierno y reemplazado el pensamiento estratégico por la urgencia electoral.
Mientras el mundo se reorganiza alrededor de la inteligencia artificial, las nuevas tecnologías y una geopolítica cambiante, nosotros seguimos discutiendo quién tuvo la culpa de lo que ocurrió hace veinte, cuarenta o setenta años.
Una nación no desaparece necesariamente cuando pierde territorio. También puede desaparecer cuando pierde su horizonte.
Y acaso esa sea nuestra tragedia: no estamos condenados a fracasar, pero parecemos incapaces de ponernos de acuerdo para dejar de hacerlo.
Porque si no recuperamos la voluntad de construir un destino común, algún día nuestros nietos comenzarán a estudiar nuestra historia con una frase estremecedora:
«Había una vez un país llamado Argentina».