Caputo, la estrella de los americanos y el escudo de Milei
Entre el 15 y el 25 de octubre, bancos y fondos norteamericanos invirtieron cerca de 2.000 millones de dólares en pesos argentinos cuando el tipo de cambio rondaba los $1.500.
Diez días después, con el dólar a $1.400, recompraron divisas y se llevaron una ganancia del 7% en moneda dura.
No fue casualidad. Fue una jugada perfectamente sincronizada con la visita de Luis Caputo a Estados Unidos y con el calendario político de la Argentina.
Porque lo que ocurrió en esos días no fue solo una operación financiera: fue una muestra del nuevo pacto entre el poder económico global y el poder político local.
Los números son fríos, pero la estrategia fue quirúrgica.
Entre el 15 y el 25 ingresaron los dólares; el 26 y 27 se retiraron.
El resultado fue contundente: 143 millones de dólares de ganancia en apenas diez días.
El peso se apreció, el dólar bajó y el Gobierno pudo exhibir estabilidad justo cuando más lo necesitaba.
Detrás de esa calma aparente hubo una ingeniería precisa, diseñada para que los grandes jugadores del mercado se aseguraran una rentabilidad garantizada.
Luis Caputo fue el puente.
Viajó a Estados Unidos, se reunió con el Tesoro, con J.P. Morgan, con Goldman Sachs, y vendió un producto tentador: una Argentina controlada, con un dólar bajo y un gobierno predecible.
Les ofreció a los bancos y fondos internacionales algo que en Wall Street vale oro:
seguridad.
La promesa era clara —y cumplida—: “Inviertan ahora, el dólar va a bajar y la inflación no se dispara.”
No solo respondió a los inversores. También le dio aire a Milei, que llegó a la elección con un tipo de cambio contenido, inflación moderada y un discurso de éxito.
Caputo terminó siendo, al mismo tiempo, la estrella de los americanos y el escudo de Milei.
Les entregó a los fondos de inversión una rentabilidad que en Wall Street se celebra, y al presidente, una semana de estabilidad política y económica.
Ambos ganaron.
Pero esa ganancia fue de pocos y esa calma, prestada.
Mientras los grandes capitales jugaban con pesos, los argentinos votaban entre la bronca y la esperanza.
Y los únicos que cobraron rápido fueron los que ya sabían cómo se movería el tablero.
Por eso, cuando se dice que el 26 de octubre hubo ganadores y perdedores, conviene mirar más arriba.
Los verdaderos ganadores de la elección no fueron los argentinos, ni Milei, ni La Libertad Avanza. Fueron los fondos de inversión.
Ellos votaron antes, ganaron antes y se fueron antes.
Y mientras tanto, el país sigue esperando que alguna vez la rentabilidad de unos deje de depender del sacrificio de todos.