Esperanza

Opinion 21 de noviembre de 2019
Luego de las últimas elecciones provinciales, los resultados alentaron expectativas en torno de una renovación política, que no solo es de nombres. Uno de los indicios más nítidos es el cambio en el elenco de intendentes.
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Los nuevos protagonistas que se preparan para ocupar los gobiernos municipales, no solo tendrán obligaciones y responsabilidades en sus comunas. Integran instituciones que son interlocutores del poder político provincial que sentirán el impacto del pronunciamiento ciudadano.

Arrastrados quizás por la crisis generalizada, que cubre el territorio nacional, los habitantes del interior de la Provincia –que representan la mitad de la población salteña- aplicaron un castigo a los oficialismos. Seguramente le asisten razones para la opción que hicieron el 10 de noviembre pasado, cuando casi la mitad de los jefes comunales que buscaron su reelección o pretendieron imponer un delfín fueron desairados. Otros, apenas lograron la continuidad a partir de ajustadas ventajas sobre sus oponentes. 

Hay casos emblemáticos sobre los que se habló mucho y volvieron a ser noticias cuando presentaron sus renuncias en la Cámara de Diputados; algunos otros lo harán en el Senado. Están concentrados en las tareas del traspaso, especialmente en aquellos casos en que los derrotados muestran resistencia a abrir las cuentas para que tomen conocimiento los electos sobre lo que van a encontrar. Ni siquiera lo hacen para defender programas o políticas públicas municipales, manifestando que son inexistentes o por desinterés en su continuidad.

Las situaciones más llamativas son las vinculadas al reemplazo de intendentes que superaron la década de gestión conduciendo municipios importantes e insistían en mantenerse en esa función, habida cuenta que no hay límites de mandatos, excepto aquel que marca la cualidad republicana de la alternancia. No ha sucedido en todas las comunas que registran esta intención de perpetuidad, pero puede esperarse que se haya iniciado un camino de renovación no solo dirigencial, sino de prácticas nocivas.

En importantes localidades del interior han caído los hombres más influyentes. No hubo un digno retiro ya que los que por alguna razón decidieron dejar la intendencia, pretendieron imponer un sucesor, sin suerte. Como ejemplo se puede citar el caso del intendente de San Ramón de la Nueva Orán, Marcelo Lara Gros –quien no pudo imponer su candidatura a senador nacional- ni dejar en su cargo a su elegido, el diputado Gustavo Ruiz. Su influencia estaba tan debilitada que tampoco pudo sostener la intención de su hijo a la senaduría por el departamento.

Pero todos son señales, nada más; no se puede hablar siquiera de tendencia porque se nota la fortaleza de algunos liderazgos, más allá de cómo se muestran esos municipios. Es que la supremacía de algunos dirigentes en no pocos casos tiene que ver con su condición de dadores de trabajo, público o privado.

Dejar el poder, aunque sea comarcal, no parece sencillo. Así lo muestra el saliente intendente de Campo Santo y presidente del Foro de Intendentes de Salta. Mario Cuenca vio frustrada electoralmente su intención de ser intendente de otra ciudad vecina pero no se siente vencido, ni aún vencido. Ha plantado la candidatura de su sucesor en el Foro, en la persona del intendente de Vaqueros, quien fue reelecto.

Seguramente los que se están yendo alientan la esperanza del retorno y dejan mojones marcando el camino.

Salta, 21 de noviembre de 2019

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