

A pesar de una campaña ruidosa, que ocupó cada espacio de la comunicación —las redes, la televisión, la calle, los bares, los chats familiares—, fue la elección con mayor abstención desde el regreso de la democracia. Y ese silencio, más que indiferencia, es un síntoma: el cansancio de un país que ya no cree en los actores de siempre.
Lo decía Jaime Durán Barba en su columna de hoy: el votante cambió, la política no. Y tiene razón. Las campañas siguen gritando mientras la gente baja el volumen. Muchos que eligieron al peronismo lo hicieron por rechazo a Milei, y muchos que votaron a Milei lo hicieron para alejarse del peronismo. Nadie votó enamorado; votaron para defenderse. Y eso, en sí mismo, es una señal de época.
La política argentina vive enamorada de su espejo retrovisor. Discute como si aún estuviera en la Guerra Fría, cuando el mundo se partía entre Braden o Perón, entre la patria y el imperio, entre los buenos y los malos. Pero hoy ya no hay imperios, hay algoritmos. Y a las nuevas generaciones no les quita el sueño quién ordena votar desde Washington, porque hace tiempo que dejaron de escuchar órdenes de nadie.
Lo que no entendieron algunos dirigentes —especialmente los del peronismo más ortodoxo— es que el votante del siglo XXI no se moviliza por fidelidad sino por sentido. La épica del pasado se volvió ruido, y el electorado se cansó de escuchar la misma melodía desafinada. En ese contexto, las provincias, sobre todo el norte, mantienen una rebeldía propia: una forma de decir “acá pensamos distinto”. Salta es eso: pertenencia y resistencia. Pertenencia a una identidad profunda, resistencia a la imposición de un relato ajeno.
La abstención fue el verdadero voto castigo. Dos millones de ausentes no por desinterés, sino por hastío. No es que no les importe el país: es que ya no creen que los que dicen representarlo sean capaces de hacerlo. En esa ausencia hay una frase no dicha: “Vuelvan cuando entiendan lo que nos pasa”.
La Argentina, una vez más, está ante una puerta giratoria: gira, pero no avanza. Cambian los nombres, los tonos, las siglas, pero la lógica es la misma. La vieja política cree que puede despertar entusiasmo reciclando las mismas promesas. Y la gente, mientras tanto, se aleja.
El verdadero desafío no está en sumar votos, sino en reconstruir confianza. No en inventar slogans, sino en escuchar el silencio. Porque el silencio de esta elección fue atronador: el de quienes no fueron a votar, el de quienes votaron tapándose la nariz, el de quienes ya no esperan milagros, sino algo mucho más simple: que los escuchen sin subestimarlos.
Quizás la lógica del cambio no esté en ningún partido, ni en ningún liderazgo. Quizás esté en ese ciudadano anónimo que ya no grita, pero observa; que ya no milita, pero decide. Tal vez el cambio real empiece ahí, donde la política se quedó sin palabras y el pueblo, en silencio, empezó a decirlo todo.







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