Gen radical. ¡Despierta!

Desde la Revolución del Parque de 1890, la Unión Cívica se manifestó como una organización política revolucionaria de choque y activa en defensa de los derechos civiles.

Opinión 09/07/2024 Luis Albeza

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Por ese entonces, la Argentina estaba convulsionada por una grave crisis económica-social, una brusca caída de los salarios, desocupación obrera y un tendedero de huelgas en diversas actividades estratégicas y generadoras de riquezas. 

Las elecciones de 1892 que llevaron a la presidencia a Luis Sáenz Peña, consecuencia de un fraude colosal derivado del sistema de “voto cantado” con una participación menor al 3% de la población. Esto además de conducir  a un categórico descredito social, despojó al presidente de legitimidad. Luis Sáenz Peña asumió debilitado por la crisis económica y política que sufría el país gobernó hasta principios de 1895. 

 Luego de numerosas reuniones, y como resultado de un proceso de fervor intelectual, la Unión Cívica Radical con ánimo de revuelta en su núcleo, se lanzó a la lucha revolucionaria. La primera acción armada se produjo a fines de julio de 1892 en San Luis liderada por Teófilo Sáa. Los levantamientos siguieron en Rosario, Santa Fe y en Buenos Aires con Hipólito Yrigoyen. Los hechos tomaron una magnitud inédita en la Argentina y la clase dominante comenzaba a preocuparse seriamente. En agosto estalló en Corrientes otro movimiento revolucionario del partido liberal con apoyo radical. 

Los movimientos revolucionarios de 1893 coincidieron con una aguda crisis económica.  En septiembre los radicales de Tucumán se sublevan contra el gobierno de Prospero García pero el gobierno nacional envía una división de más de 1000 hombres que logra recuperar la provincia.  El movimiento comenzó a extenderse por todo el país, pero la falta de coordinación entre los distintos focos rebeldes y la eficaz acción represiva llevada a delante por el General Julio A. Roca, llevaron a la derrota de la sublevación, a la detención de Alem y al exilio de Yrigoyen. 

La frustrada revolución del 93 traerá múltiples consecuencias dentro y fuera del radicalismo. En el seno del partido, durante los episodios revolucionarios se pusieron de manifiesto las notables diferencias entre Leandro Alem y su sobrino, Hipólito Yrigoyen. Las disidencias tenían que ver fundamentalmente con la profunda desconfianza que sentía Leandro Alem por la integridad revolucionaria de Yrigoyen. Lo valoraba corruptible y pensaba que para lograr sus objetivos su sobrino era capaz de concertar cualquier “alianza no santa” inclusive con los enemigos de la revolución. Por su parte su sobrino, acusaba a Alem de emprender una conducción simplista, altamente intelectual e intransigente y que impedía el dialogo con otros sectores y la negociación.

Los desacuerdos se fueron agravando con el tiempo y no hubo lugar para la reconciliación.  Leandro N. Alem había empleado la mayoría de su patrimonio para financiar la acción partidaria y los gastos de la causa revolucionaria. Se encontraba en banca rota, deprimido y desencantado con la causa por las acciones de sus correligionarios. Terminó por suicidarse un invierno de 1896. 

Muerto Alem, el nuevo líder radical, Hipólito Yrigoyen volverá a las armas en 1905 sublevándose contra el gobierno conservador de Quintana. Recordemos que el partido padecía una profunda crisis interna tras las derrotas sufridas en la Revolución del Parque de 1890 y la Revolución Radical de 1893 que se profundizó con el suicidio de Leandro Alem y la muerte de Aristóbulo del Valle en 1896.

Una nueva revolución radical estalló en Febrero de 1905 con el objetivo de lograr el viejo anhelo de terminar con el fraude electoral en la Argentina. Contó con el apoyo de importantes sectores del ejército en medio de un clima de creciente agitación social. Los levantamientos se extendieron por Capital, Mendoza, Rosario, Bahía Blanca, Santa Fe y Córdoba pero fueron turbados oportunamente por el gobierno. La revolución terminó derrotada en armas pero la oligarquía cedió al diseño de un plan de modificación del sistema electoral que permita distender el panorama social pero manteniendo inmutable el modelo agroexportador del país. En resumen la revolución terminó por convencer sobre la necesidad de ejecutar cambios inéditos en el sistema político vigente que se materializarían en 1912 con la sanción de la Ley Sáenz Peña.

A partir de la aplicación de la ley, en 1916 era turno de elegir presidente, por primera vez en la historia argentina, mediante el voto secreto. El 21 de marzo la Convención Nacional de la UCR eligió como candidato a presidente a Hipólito Yrigoyen. En las elecciones, Yrigoyen fue elegido presidente y el riojano Pelagio Luna, vicepresidente.

Inició en Argentina un extenso ciclo de 14 años consecutivos de gobiernos radicales: Hipólito Yrigoyen (1916-1922), Marcelo T. de Alvear (1922-1928), y nuevamente Hipólito Yrigoyen (1928-1930). La serie de gobiernos radicales fue violentamente interrumpida por el fatídico golpe militar del 6 de septiembre de 1930 encabezado por el general José Félix Uriburu, que pasaría a la historia por ser el hombre que quebró por primera vez el orden constitucional en el país, dando inicio a la «Década Infame» (1930-1943). Luego vendría un  nuevo golpe en el año 1943, conocido como “La revolución del 43”. 

En esta línea de tiempo, supra resumida del radicalismo, debemos incluir a Frondizi, un gran  intelectual desarrollista, pero a la vez uno de los políticos más polémicos de la historia argentina. En 1946 fue elegido diputado nacional, en las elecciones de 1951 integró la fórmula presidencial de la UCR junto a Ricardo Balbín, que fue derrotada por la fórmula peronista que gobernaría el país hasta el golpe militar ejecutado por la llamada “Revolución Libertadora” en 1955. 

Finalmente, Frondizi, resultó electo presidente de la Nación en 1958 por una importante mayoría de votos. Frondizi planteaba que no podía retornarse al país de los granos y la estancia animal. La oportunidad de la Argentina se debía centrar en el desarrollo de las industrias básicas: petróleo, siderurgia, maquinarias. La estrategia debía basarse en el desarrollo económico e industrial apalancado por la tecnificación y la modernización contante.  Este nudo temporal se cierra tristemente en marzo de 1962 con Frondizi destituido por las Fuerzas Armadas y recluido en la isla Martín García. 

Un capítulo especial merece Arturo Illia a quien hasta la propia web de la UCR desestima en una rústica línea de tiempo confeccionada con referencias de Wikipedia. Arturo supo ganarse como Biden el apodo de lento por sus detractores, más los adjetivos: testarudo y anticuado. Sin embargo es valorado por la mayoría de los argentinos como una de las figuras históricas más integra de la Argentina, a causa de su honestidad. Médico de profesión (ejerció activamente), de vida simple, no utilizó sus influencias políticas, ni en momento de su tratamiento médico que financió con la venta de un auto personal porque no consideraba justo para ello emplear fondos públicos.

Illia asumió la presidencia de la nación en octubre de 1963, luego de ganar las elecciones presidenciales, con el peronismo y la izquierda proscriptos.  Estuvo al frente del gobierno por casi 3 años y su gobierno se caracterizó por destinar gran parte del presupuesto a la salud, bajar la desocupación, apostar a la alfabetización, reducir deuda y continuar con el plan desarrollista de Frondizi pero menos centrado en la modernización como motor industrial. En el invierno de 1966 fue derrocado por otro golpe militar. 

La línea de tiempo, se detiene indefectiblemente en Raúl Ricardo Alfonsín, quien merece un análisis diferencial por el contexto social y político en el gobernó, pero a quien le debemos, entre muchas otras más, la consolidación de la democracia. Fue elegido presidente de la Nación en 1983, luego de 7 años de dictadura militar. Con Alfonsín finalizó la dictadura cívico-militar autodenominada “Proceso de Reorganización Nacional”. Representó el fin de los golpes de estado triunfantes en Argentina, aunque hubo que esperar hasta 1990 para que terminaran los levantamientos militares. 

De la Rúa es omitido ex profeso de la presente crónica porque se configura como el prototipo de los intérpretes históricos que deliberadamente omitieron la aplicación de los principios radicales, cedieron ante los grupos hegemónicos y recurrieron a alianzas incompatibles para mantener el poder, deshonrando materialmente la historia del radicalismo. En honor a la historia, De la Rúa debe tratarse como un agente externo.  

Concluido el repaso histórico, podemos centrarnos en el presente del radicalismo. El mismo resulta obsceno, intelectualmente hablando, si ponderamos su génesis revolucionaria y la calidad de sus partícipes.  El radicalismo podrá salir de la actual coyuntura retornando a la idea radical que tiene su fundamento en más de 130 años de historia. Quizás sea momento de aplicar la frase de Leandro Alem “Que se rompa, pero que no se doble” e intentar detener la montaña a la que se refería su fundador. 

La solución, conceptualmente no parece demasiado compleja, ni intrincada en su comprensión general, más bien, resultaría laborioso afianzar las voluntades para regresar a los principios partidarios que otrora le concedieron la gloria pero también el dolor y la frustración de la derrota, aunque al menos los fracasos de antaño se sufrían en la superficie propia de la arena política, y no como cómplices necesarios de los vencedores. 

El radicalismo ha sido baluarte indiscutible del sistema democrático, del esquema republicano y la justicia social. No es tarea de imberbes, ni de cobardes, recuperar la identidad partidaria en términos de autonomía. Suspender tajantemente la invención de alianzas electorales que nada tienen que ver con el radicalismo como las vinculadas a los partidos neoliberales como Juntos por el Cambio y La Libertad Avanza. Podría resultar un factor clave recuperar la  independencia y rechazar la sumisión de los dirigentes que anteponen intereses personales a la causa primaria y los ideales que juran defender. 

Autonomía, identidad ideológica y la depuración del comité general, junta, asamblea o como quieran llamarlo son puntos claves del renacimiento. Estamos preparados para ver perecer a nuestros ídolos como pasó con Belgrano, Güemes o San Martín pero no para verlos dirimir y menos traicionar. No hay nada menos justo, ni menos deshonroso, que ver doblarse un conjunto de principios como se narra en la popular novela “Animal Farm”  (Rebelión en la Granja) de George Orwell, donde los animales de la granja encabezan una revolución en la que consiguen expulsar al granjero propietario y luego escriben sus propias reglas soñadas por el mentor ideológico  el “Viejo Mayor”, que  se  basada en “Siete Mandamientos” que estampan en una pared de la granja para luego terminar siendo sustancialmente alterados para legitimar las acciones del cerdo líder “Napoleón” y el resto de los cerdos pervertidos por la corrupción del poder.  

Los argentinos confiamos en la fiebre de revolución, en esa partícula de química detonante que duerme en los radicales, solo es cuestión de encontrar al portador. 

Luis Albeza. Julio de 2024

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