El Nuevo Populismo en Argentina

En Argentina, los medios de comunicación han consolidado en la conciencia colectiva una asociación entre regímenes de izquierda y el populismo, extendiendo esta etiqueta al peronismo.

Opinión 19/06/2024 Luis Fernando Albeza

Lunes

No es necesario indagar a académicos sociales de América Latina  para confirmar la hipótesis centrada en que los medios de comunicación lograron instalar en la conciencia colectiva de los ciudadanos una sesgada relación directa entre regímenes de izquierda y el populismo. Atribuyéndole a este último una conclusión privativa del socialismo y extendiendo ese efecto al peronismo por propiedad transitiva.  Contrariamente, la derecha logró forjar en esta ficción política, una inmunidad intelectual al populismo, es otras palabras el término populismo en América Latina se afianzó como adjetivo exclusivo del socialismo, nunca la derecha política podrá ser populista desde la germinación de este paupérrimo concepto. 

Para que esta concepción ideológica fuera posible era menester la simplificación extrema del socialismo como corriente de pensamiento. Para ello, la derecha mundial, comenzó por utilizar indistintamente los términos  marxismo, izquierda popular, social demócratas, peronistas, etc. El resultado, todos “zurdos” en el novedoso discurso peyorativo e impreciso.

El resurgimiento del populismo de derecha en Argentina logro convencer  una franja significativa del electorado, desanimado por la política tradicional y la falta de resultados apreciables sobre todo en la última década vinculados a proporcionar estabilidad y prosperidad. La consolidación del nuevo modelo populista requiere también de un rival antagónico, de alguna élite déspota que represente el papel del Anti-Pueblo.

El discurso anti-establishment es una piedra angular del populismo de derecha. Los líderes se presentan como outsiders, ajenos al sistema político tradicional, y se erigen como defensores del "pueblo" contra las facciones corruptas y parasitarias. Esta dialéctica simplista puede resultar atractiva para muchos, además no consume demasiado esfuerzo intelectual más que alentar el odio al nuevo enemigo nacional. Este conjunto de adversarios es dinámico y los elementos podrán ir mutando, adicionando o sustrayendo grupos o conceptos en el transcurso de su gobierno y en función exclusiva de los objetivos del grupo dominante.

Otra característica del populismo de derecha es un liderazgo fuerte y decisivo. Esta forma de liderazgo se presenta como necesaria para implementar cambios drásticos y restaurar el orden, la seguridad y reparar el daño ocasionado por los adversarios definidos, casi como un reparador histórico o divino. Sin embargo, la concentración de poder en manos de un tirano carismático puede socavar las instituciones democráticas y erosionar los principios de la separación de poderes y los derechos civiles. El deterioro de las libertades individuales y el debilitamiento de los mecanismos de control y equilibrio que protegen la democracia enfrentan un grave peligro con este arquetipo de líderes sobre todo cuando cuentan con apoyo mayoritario de la sociedad y de los grupos económicos concentrados  de un país.

El plan económico de Javier Milei en Argentina se centra básicamente en la desregulación de la economía, la privatización de los recursos estratégicos, el intento infundado de dolarización de la economía, el recorte del gasto público, combatir la inflación y apocar lo máximo posible al estado. No obstante, estas políticas pueden generar una mayor volatilidad económica y profundizar las desigualdades existentes. La desregulación excesiva, la recesión, la desprotección de la industria nacional y la falta de asistencia social a los más vulnerables resulta un caldo de cultivo significativamente  inestable para la paz social de la Argentina.

El impacto del populismo de derecha en la estructura política y social de Argentina es profundo. La retórica agresiva intensifica las divisiones sociales, creando una narrativa de conflicto constante entre el "pueblo" y las "élites". Esta polarización dificulta la construcción de consensos y la implementación de políticas fundadas y sostenibles. La gobernanza efectiva en una democracia requiere más que epígrafes ideológicos y liderazgo fuerte; demanda un compromiso con el diálogo constructivo, el respeto a las instituciones y una visión de largo plazo que priorice el bienestar común por encima de las agendas políticas inmediatas.

Milei se diferencia de otros líderes de derecha como Jair Bolsonaro y Donald Trump en que estos dos últimos son netamente industrialistas, apuestan al desarrollo interno del país como factor inexcusable para el crecimiento de la economía. Bolsonaro por su parte también utilizó el término “casta política” a pesar de que ejerció como diputado federal en Brasil por más de 20 años antes de ser presidente. Trump definió como su casta americana a las grandes corporaciones de los estados unidos. Los tres coinciden en el modo agresivo de su discurso y en recurrir al clásico antagonismo de Pueblo y Anti-Pueblo.

Milei es claramente un populista de derecha, aunque algunos liberales pretenden encuadrarlo en la tradición liberal republicana. Un republicano por definición pretende  recuperar la dignidad de la patria sin prescindir jamás de los principios republicanos de igualdad, libertad y fraternidad, para lo cual el fortalecimiento de las instituciones y la división de poderes es fundamental. La política de Milei se aleja de los principios tradicionales republicanos a la velocidad de la luz como por ejemplo con el super DNU, el discurso de espaldas al Congreso en su asunción, los agravios a la justicia, al poder legislativo, la iglesia, entre otros marca una clara construcción política y social desde el antagonismo crónico.

Si tomamos el enfoque de Murray N Rothbard, citado defectuosamente en varias oportunidades por Javier Milei, podemos ver la definición de un país estatista gobernado por una clase dominante que consiste en la coalición entre el gobierno (los políticos), las grandes corporaciones y determinados grupos de interés. Se identifica un gobierno “demasiado grande” que se convirtió en una casta privilegiada que oprime a los ciudadanos de bien.

En conclusión, el populismo mundial de derecha nos ofrece el clásico silogismo en donde existe una “alianza no santa” que impide al “verdadero pueblo” gozar de los beneficios de la libertad y de sus derechos. De lo expresado, vemos que con independencia de tratarse de corrientes de izquierda, derecha o centro, es posible la configuración de un gobierno populista toda vez que se presente la definición de una élite enemiga y la ciudadanía acepte ese discurso como válido y real.

El ascenso de Milei es un ejemplo más de liberalismo populista, no existiendo oposición entre los conceptos como quedará demostrado a continuación. El populismo clásico se basa en cuatro premisas básicas, la primera es la metodología colectivista (Pueblo vs Anti-pueblo), la segunda es una política de antagonismo que restringe derechos y expresión, la tercera un liderazgo fuerte que busca eliminar todo rasgo ideológico de oposición y la última premisa clásica es la consolidación de un principal antagonista llamado “capitalismo”. Ahora bien, esta “última premisa” es factible de adaptación, el antagonista cambia radicalmente y para los populistas de derecha es “La Élite” (minoría rectora), la casta parasitaria y opresora que es definida a gusto y placer por el populista, ya sea el estado íntegramente o los políticos, los jueces, el congreso, las grandes empresas, los medios, enemigos del exterior, la iglesia, etc.

El círculo se cierra y concurrimos al nuevo populismo de derecha en Argentina que precisa un líder que se eleve magistralmente  como el único interprete de la voluntad social, además de ser el único apto para salvarnos de esa “élite maldita” aunque el costo de esa salvación profética sean los propios argentinos.

Luis Fernando Albeza. Salta, Junio de 2024

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