Los prejuicios
Es muy usual denostar los prejuicios, sin embargo, esto no significa al mismo tiempo un ejercicio para desterrarlos en la práctica.
En realidad, los prejuicios son juicios. Son juicios previos a otros juicios. Son juicios previos a aquellos que le den razones para formularlos.
Todos nuestros razonamientos son encadenamientos de juicios, donde hay uno, que oficia de punto de partida, y se llega a otro, que es la conclusión.
Se trata de pasar de algo que ya sabemos a algo nuevo, a un nuevo juicio que expresa un nuevo conocimiento.
El problema del prejuicio es que se trata de un juicio no fundamentado, sin razones que lo avalen, es decir, sin que se haya revisado la solidez de ese juicio.
El problema grande se da cuando de prejuicios, es decir de juicios sin fundamento razonado, se pasa a sacar conclusiones.
Esos nuevos juicios que son las conclusiones, al derivar de prejuicios o sea de juicios no fundados, son afirmaciones arbitrarias, sin fundamento.
Hay prejuicios en sentido negativo y hay prejuicios en sentido positivo en cuanto algunos pueden juzgar negativamente y otros positivamente una persona, una institución, un gobierno o lo que sea y, por tanto, sus actos, lo que de ello proviene, sin revisar y valorar de qué se trata.
De esta manera, todo lo que pertenece o viene de esa persona o institución es considerado siempre bueno o siempre malo, sin más razones.
De los prejuicios al partidismo y al fanatismo sólo hay unos pasos. Son los pasos de la renuncia a la objetividad y a la racionalidad.
Renunciar a la objetividad, renunciar a razonar, es abandonar el nivel propiamente humano de nuestros juicios y por tanto de nuestras guías de acción.
Renunciar a revisar las razones, a fundamentar las razones es instalarse en lo infundado y lo irrazonable.
No es ése un buen lugar ni para las decisiones personales ni para aportar decisiones positivas en la participación social.
Que los prejuicios gocen de buena salud entre nosotros no es prometedor para la vida personal ni para la vida social.