El diálogo intergeneracional
Se suele ver a amigos o parejas que caminan juntos o están sentados en una plaza o en un café y que no conversan entre ellos, sino que cada uno está hablando o intercambiando mensajes con terceros ausentes. Más aún, se da el caso que, para comunicarse con quien está al lado o en la misma casa, se lo hace mediante mensajes del celular.
Pareciera, incluso, que es mal recibido que se haga directamente una llamada. Los mensajes desplazan la llamada directa.
El teléfono celular es un gran invento y, como toda herramienta, puede usarse para bien o para mal. Si su uso impide la comunicación real, entonces lo que tenemos que hacer es modificar nuestro modo de usarlo.
Hay bienes a privilegiar. Especialmente el diálogo familiar en ocasión de comer juntos, de sentarse a tomar un café o, simplemente, a compartir una conversación. Por supuesto, en la convivencia hay múltiples ocasiones, incluso mínimamente operativas, en las que vale más el trato directo que la mediatización por el celular.
La comunicación directa, en la que las palabras surgen del mismo cuerpo que la mirada y los demás gestos, es una riqueza a cultivar. Es lo más fácil, pero es lo que está perdiendo terreno.
Especial importancia tiene el diálogo entre generaciones. La comunicación entre padres e hijos, entre abuelos y nietos, el encuentro transversal de las edades en el hogar, en las reuniones, en el aula, en el barrio, en la parroquia, en los clubes, tiene una densidad irreemplazable.
Los mayores tienen una historia vivida que se entrega en la palabra. Los jóvenes aportan otra mirada y otra perspectiva. El encuentro enriquece y alegra. Mejorar la comunicación directa y dar espacio para el encuentro intergeneracional es una experiencia y un beneficio que no podemos dejar de lado sin perder mucho.