Meritocracia
¿Se puede realmente hablar de meritocracia, en un país con tantas asimetrías? Es indudable las diferencias de oportunidades que existen aún en la era digital, entre los argentinos que nacen en el centro del país con todas las condiciones para educarse y competir y los que nacen en la periferia, lejos de la Pampa Húmeda, quienes muchas veces ni siquiera tienen las herramientas básicas para intentarlo.
Estoy convencida que el *mérito* es un valor que vale la pena defender. Premiar el esfuerzo, el talento y la responsabilidad personal es el combustible necesario para que una sociedad avance. El problema no está en el mérito, sino en la necesidad de brindar a todos los argentinos, similares condiciones en la línea de largada.
Porque no alcanza con celebrar al que llega primero si muchos no tuvieron la posibilidad de largar la carrera en condiciones mínimas, de infraestructura, servicios sanitarios, educación, etc. Cuando un argentino nace en una provincia del interior, muchas veces lo hace en un territorio que durante décadas recibió menos inversión pública per cápita que el centro del país. Esa diferencia histórica en infraestructura —rutas, energía, agua, conectividad, puertos— genera condiciones objetivamente distintas para producir, competir y progresar. No es solo geografía: es el resultado acumulado de dónde se puso (y dónde no se puso) el esfuerzo del Estado a lo largo del tiempo.
Frente a esta realidad histórica, el gobierno de Salta ha decidido remar en sentido contrario, impulsando los planes de inversión pública en mas de 270 mil millones de pesos en todo el territorio provincial. Hoy Salta es la provincia con mayor cantidad de obras viales en ejecución en todo el país. Decisiones concretas como financiar con recursos propios la repavimentación de la Ruta Nacional 9/34 —ante la demora de la Nación— muestran un esfuerzo claro por achicar las brechas estructurales y generar mejores condiciones para que el esfuerzo de los salteños tenga más posibilidades de rendir frutos.
Una sociedad que se dice meritocrática tiene la obligación de reconocer esta realidad. No se trata de igualar hacia abajo ni que el estado, en una actitud paternalista regale todo, sino que cumpla con su rol más básico: generar condiciones reales para que el esfuerzo tenga alguna posibilidad de ser recompensado. Eso no es asistencialismo. Es responsabilidad.
*Una verdadera política anti-casta* es la que defiende y respeta los espacios que se logran gracias al mérito, pero que al mismo tiempo no abandona a nadie en el camino, sino que por 3l contrario genera las condiciones para que la competencia sea mas igualitaria. Porque cuando *la meritocracia* se convierte en una carrera donde corren con ventaja los que nacieron en territorios históricamente priorizados, deja de ser mérito para transformarse en privilegio disfrazado.
El verdadero desafío no es elegir entre mérito o inclusión. El desafío es construir una meritocracia que no sea hipócrita. Una que premie el esfuerzo real, pero que antes se haya ocupado de que ese esfuerzo sea posible *para todos*, sin importar si se nace en el centro o en la periferia.