Opinión Mónica Juarez 06/05/2026

Galperin, la política y el límite de la crueldad

Hay nombres que aparecen en la política no solo por lo que dicen, sino por lo que simbolizan.

Hay nombres que aparecen en la política no solo por lo que dicen, sino por lo que simbolizan. En los últimos días empezó a circular con más fuerza el nombre de Marcos Galperin como posible figura dentro de la derecha argentina. Y más allá de si eso termina o no en una candidatura, el dato importante no es solamente el apellido: es el modelo de liderazgo que se pone sobre la mesa.

Porque Galperin representa algo muy concreto: éxito empresarial, mirada de mercado, ortodoxia económica y una forma de intervenir en la conversación pública que muchas veces se muestra provocadora, filosa y polémica. Hasta ahí, podríamos decir que es parte del debate democrático. El problema aparece cuando la provocación deja de ser una herramienta discursiva y empieza a rozar el desprecio por el otro.

La polémica por el posteo donde se burlaba de una jubilada no es un episodio menor. En la Argentina se puede discutir todo: el déficit, el gasto público, las reformas laborales, el sistema previsional, el rol del Estado y la necesidad de ordenar la economía. Lo que no se puede naturalizar es que esa discusión se construya desde la humillación hacia quienes menos tienen.

Porque una cosa es plantear una reforma. Otra muy distinta es convertir el sufrimiento social en material de burla.

La política argentina está atravesada por una pregunta de fondo: ¿queremos dirigentes que discutan ideas o personajes que construyan poder desde la crueldad? Y esa pregunta vale para todos los espacios. Porque cuando el debate público empieza a celebrar la agresión, la ironía hiriente o el desprecio hacia los sectores vulnerables, ya no estamos hablando solo de comunicación política. Estamos hablando de una degradación cultural.

Galperin, como eventual figura política, abre una discusión más profunda: qué tipo de país se quiere representar. Un país pensado como una empresa, donde solo cuentan los eficientes, los rentables y los exitosos; o un país que, aun necesitando orden y reformas, no pierde de vista que detrás de cada número hay una persona.

La Argentina necesita dirigentes con ideas, con coraje y con capacidad de transformación. Pero también necesita algo que parece antiguo y, sin embargo, es revolucionario: humanidad.

Porque gobernar no es burlarse del que cayó. Gobernar es hacerse cargo de que nadie quede definitivamente en el piso.

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