Hay causas que no deberían tener dueño. Y la discapacidad es una de ellas
Bueno, quizás sea hora de incomodar un poquito a los dos.
Porque yo quiero defender profundamente los derechos de las personas con discapacidad. Quiero un Estado presente, que garantice tratamientos, medicamentos, transporte, educación, rehabilitación y oportunidades.
Pero tampoco estoy dispuesta a aceptar que, en nombre de una causa tan noble, algunos hayan encontrado un negocio.
Una cosa no invalida la otra.
Y ahí está el equilibrio que necesitamos recuperar.
Porque la discapacidad no es una bandera partidaria. Mucho menos una caja.
Detrás de cada prestación hay una historia. Hay padres que aprendieron palabras que jamás imaginaron conocer: CUD, nomenclador, amparo, autorización, reintegro. Familias que se convierten casi en gestoras profesionales simplemente para conseguir lo que corresponde.
Eso hay que humanizarlo.
Ahora, justamente porque estamos hablando de personas que necesitan del Estado, tenemos que ser todavía más exigentes con quienes administran esos recursos.
A mí me molesta el manoseo de la discapacidad.
Me molesta cuando se utiliza a una familia para una foto. Cuando alguien se pone una bandera únicamente porque políticamente conviene. Y también me molesta cuando detrás de una necesidad aparece alguien pensando cuánto puede facturar.
Porque entre el derecho de una persona y el negocio de algún vivo hay una distancia enorme.
Y en Argentina de vivos sabemos bastante.
No quiero que para controlar una irregularidad terminemos castigando a una persona con discapacidad.
Pero tampoco quiero que por miedo a parecer poco sensibles dejemos de preguntar cuánto se paga, quién cobra, qué servicio presta y si realmente llega a quien lo necesita.
Defender derechos y controlar no son ideas opuestas.
Al contrario.
Controlar bien los recursos es defender a quien realmente los necesita.
Por eso no compro los extremos.
Ni el ajuste que mira primero una planilla y después a la persona.
Ni el discurso sensible que sirve para tapar negocios.
Quiero derechos, pero derechos de verdad.
Quiero sensibilidad, pero sin oportunismo.
Quiero presupuesto, pero también transparencia.
Y quiero que dejemos de usar a las personas con discapacidad como argumento para nuestras propias peleas políticas.
Porque esta causa no necesita dueños, voceros autoproclamados ni oportunistas.
Necesita humanidad.
Y sobre todo necesita algo bastante sencillo de decir, aunque parece que nos cuesta muchísimo hacer:
que la plata destinada a la discapacidad llegue a la discapacidad.
Ni a la política.
Ni a los intermediarios.
Ni a los vivos de siempre.
A las personas.