El optimismo como compromiso cotidiano
Hola Aries
La semana pasada hablamos del optimismo. Empezaba la primavera, había salido el sol y veníamos del Milagro. Pero enseguida pasaron cosas —siempre pasan— y el celular nos mantiene compulsivamente al día. Inflamadas por el algoritmo, casi nunca son buenas las noticias que nos llegan sobre lo que ocurre en el mundo, en la Argentina o a dos cuadras de casa. Estuvo gris y llovió toda la semana. Aun así, me lo pregunto a mí y lo pregunto en colectivo: ¿cuánto dura el optimismo en la modernidad? ¿De una semana a otra? ¿Tan frágil es nuestra esperanza?
Solemos concebir al optimismo y a la esperanza en dos dimensiones que a veces se presentan como irreconciliables. Es la mirada dicotómica que nos legó la Ilustración europea: a lo armónico, deseable y justo se llega por la razón —siguiendo un pensamiento lógico evolutivo— o por la vía de la fe y la emoción, eso tan propio e indescriptible de la experiencia humana.
Sin embargo, esa síntesis es posible en el humanismo, proyecto con profunda tradición en nuestra historia: el humanismo progresista de la generación del 80, el del voto universal, la Reforma Universitaria y el de León XIII, base epistemológica de la Justicia Social peronista. La Argentina industrial, el desarrollismo, la Argentina bicontinental y universal. El optimismo, alimentado por el pensamiento o el sentimiento, es el producto deliberado de nuestros sueños y de nuestras voluntades.
Esa voluntad no es un concepto abstracto: se demuestra en la acción concreta del Estado para construir una comunidad organizada. Lo planteamos esta semana al abrir el IV Congreso Nacional Penal Adolescente y Juvenil junto a referentes de todo el país. Allí sostuvimos una certeza: cuando un joven entra en conflicto con la ley se requiere una respuesta justa y especializada, pero la verdadera tarea política ocurre antes de que pise un tribunal, llegando a tiempo con educación, salud y oportunidades reales.
Me llenó el corazón recibir en Casa de Gobierno a los chicos del colegio del paraje Cobres, de La Poma, quienes, junto a sus docentes y al director José Valencia, realizaron su primer viaje de estudios a la Capital. Verlos recorrer museos, la universidad y el teleférico enseña que aprender también es salir del aula y que el lugar donde se nace jamás debe ser un techo para los sueños.
Esa soberanía cultural se reflejará también en la próxima Feria del Libro de Salta (del 8 al 12 en la Usina Cultural), donde junto al gobernador Gustavo Sáenz reafirmamos el respaldo a los autores locales y las bibliotecas populares. A su vez, esa energía juvenil se expresó en el Encuentro Regional de FOPREA, donde pedí a los jóvenes no perder la capacidad de indignarse ante la injusticia y convertir sus ideas en acción.
Cuando el clima se pone gris o las pantallas abruman con noticias difíciles, es fácil pensar que la esperanza tambalea. Pero cuando vemos a un chico de La Poma descubriendo horizontes, a la juventud organizándose para transformar la realidad o a una provincia que invierte en cultura, educación y justicia, confirmamos que el optimismo no es una espera pasiva, sino un compromiso cotidiano.
¡Hasta la próxima!