La psicología positiva
Menos frecuentemente usamos el término “psicología” con un significado neutro, para describir los rasgos anímicos de una persona. Así se habla de la psicología de fulano o mengano, para explicar una conducta suya, o para prever una posible reacción en un contexto dado o a darse.
Desde sus comienzos la filosofía estudió la estructura psíquica de las personas, sus dinamismos y sus proyecciones en las conductas.
Así no sólo se ocupó de los conflictos y sufrimientos, sino también del desarrollo positivo, llamado el dinamismo de la felicidad o de la salud psíquica.
Entre las distintas corrientes algunas buscaron la fuente de la felicidad en el placer, es decir en la gratificación sensible.
Otras corrientes advirtieron que el placer es sólo de corta duración, que ofrece lo que no puede dar, es decir, algo consistente y duradero. Por ello el placer, como objetivo de vida, puede terminar en la frustración, es decir, en dolor, en sufrimiento anímico.
También advirtieron que el placer, buscado como fin en sí mismo, genera dependencia, y, en su incapacidad para dar algo sólido y duradero, reclama cada vez más estímulos y termina dañando seriamente a su sujeto.
Por ello, la filosofía clásica ofreció una educación de la psicología personal, que se proponga objetivos superiores y sepa encontrar en ellos fuente de alegría y estímulo de acción positiva. Esto es, estímulos en beneficio del propio sujeto y de su entorno material y social.
Estos procedimientos son recuperados actualmente por la llamada “psicología positiva”.
Ésta busca la educación de las virtudes, la búsqueda estable de fines superiores, lo que no excluye instancias placenteras. Ciertamente las incluye, pero no aisladas en sí, ni constituidas en fines independientes.
Así se vive mejor.