Opinión Por: Mario Ernesto Peña 30/04/2025

Merecido y necesario castigo

Los animales sueltos se han convertido en parte del paisaje urbano y según donde se desplacen es el grado de riesgo para la seguridad. Si la presencia es en rutas o cualquier vía de circulación rápida e intensa, es el anuncio de una tragedia.

La Circunvalación Oeste es un escenario propicio para los siniestros viales provocados por caballos o vacunos que utilizan sus banquinas para pastar, hasta que repentinamente deciden cruzar esa ruta diseñada para agilizar el tránsito vehicular. Solo en este mes hubo dos incidentes que, quizás por una milagrosa intervención divina, solo dejó daños materiales en vehículos que trataron de evitar una colisión con los animales.

Este problema se repite en todo el territorio nacional, seguramente con mayor incidencia según las provincias. Por aquello de que el mal de muchos es un consuelo de tontos, no se trata de justificar que ocurran en esta ciudad, pero es una obligada referencia para advertir que en todos los casos se adoptan medidas sancionatorias para evitar su repetición y lograr más seguridad.

¿Por qué fracasa el poder represivo del Estado? Una primera respuesta apunta a la benignidad de las sanciones. Las normas están: las generales como los Códigos y las particulares referidas puntualmente a los animales sueltos. Fue en 1981 cuando una ley del gobierno militar de entonces cargó sobre las autoridades municipales la responsabilidad de retirarlos de las rutas y aplicar multas a los propietarios.

La reincidencia llevó a que poco después se convirtiera en una cuestión policial , mientras se elevaban los montos de multas. El Código de Contravenciones es el que actualmente determina modos de intervención y peso de las penas.

Las décadas pasaron pero no hicieron mella en la otra razón por la que el Estado no puede poner coto a un problema que se paga con vidas, en no pocos casos. Es la falta de solidaridad social de aquellos que toman el espacio público como propio y lo maltratan con su falta de respeto por el otro, que es un prójimo cercano que necesita usar ese espacio.

De allí que no se debe tener consideración con nadie que se haya despojado de todo rasgo de humanidad, al punto que no le importe la vida de nadie.

No solo hay que ajustar el monto de las multas, como propone un proyecto de ley con media sanción de Diputados desde 2024. Tampoco alcanza que se le imponga un trabajo social como reparación por su irresponsabilidad de contribuir a un posible daño irreversible. ¿Por qué no tomar parte de su libertad y sacarlo un tiempo de la vida civilizada que permite la convivencia comunitaria?

No debe haber tolerancia con la estupidez de quienes creen que no les cabe ninguna obligación ni con la cobardía de quienes -por desidia o ineficacia- temen reprimir hasta los excesos.

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