Opinión Santos Jacinto Dávalos 11/09/2023

Argentina y el conocimiento

Suiza y Japón son pobres en recursos naturales, pero son inmensamente ricos. Ambos comprendieron que la verdadera riqueza es el conocimiento. Suiza, sin contacto con el mar, tiene una poderosa flota mercante y sin ninguna planta de cacao es el mayor fabricante de chocolates y bombones del mundo. Japón importa todo, pero es un gran fabricante y está ubicada entre las cinco potencias más grandes del mundo.

En Argentina, el ciclo en el cuál fuimos muy importantes, coincidió con la eclosión de la revolución educativa de Sarmiento. Era una receptora de inmigrantes que nos hicieron crecer y cuya descendencia pudo conducir los destinos de nuestro país. Crecíamos tanto que requeríamos mano de obra extranjera para nuestras cosechas.

Éramos cuatro veces más importante que Brasil y hoy no somos ni la quinta parte. 

Toda nuestra educación es gratuita en todos los niveles, incluyendo las universidades. Pero de cada cien inscriptos en la Universidad, solo se recibe el cuatro por ciento. Esto significa que el ascenso social que proporcionaba una educación de calidad, ha desaparecido.

Individualmente los argentinos somos talentosos. Miles encontraron fuera de nuestro país, el espacio para crecer. Aún hoy, hay argentinos que generaron empresas tecnológicas que valen miles de millones de dólares. Miles trabajan en sus casas para empresas del exterior, principalmente con software e inteligencia artificial. Estas empresas generan ingresos por siete mil millones de dólares. 

Pero colectivamente, comunitariamente, somos desorganizados. El sesenta por ciento de nuestros niños son pobres, no tienen acceso a una educación de calidad y están condenados a ser pobres estructurales. Tanto ellos como su descendencia. Muchos de los trabajos argentinos que permitían un buen nivel de vida, ahora tienen ingresos por debajo de la línea de la pobreza. Esta situación vuelve a los humildes en estado dependientes y en trabajadores informales. La pobreza alcanza al   cuarenta por ciento de los argentinos, y con la informalidad, crecen constantemente.

Nuestra decadencia coincide con la pérdida de nuestra calidad educativa, registrada a través de pruebas diversas, como las PISA, que demuestran que la mayoría de nuestros jóvenes que recibieron educación primaria y secundaria, no pueden pasar pruebas simples de matemática y la mayoría no entiende lo que lee.

Por lo general, la educación privada es de mejor calidad y es cara. Los que la reciben pueden encarar el futuro con esperanzas. Las familias de clase media, para poder educar a sus hijos en los sectores privados, reduce el número de sus hijos a uno o dos. La percepción no binaria de las personas reduce la natalidad y estamos en riesgo de constituir una nación de viejos.

La única solución posible es una revolución del conocimiento y el recupero de nuestros valores. Esta revolución debe ser colectiva. Comienza por la familia, que debe ser protagonista del hecho cultural de sus integrantes.

La dignidad de la enseñanza y la mejora de su calidad, no es un problema entre la maestra y los alumnos. Quiénes enseñan deben recuperar el respeto de la comunidad y capacitarse para encontrar currículas adecuadas para este momento histórico. La remuneración del magisterio debe crecer al punto de que les permita vivir con dignidad y fuera de la pobreza. Pero chocamos con un estado ineficiente, que gasta sus recursos con fines electorales y no permite el progreso económico y social de nuestros profesores y maestros. Debemos premiar la eficiencia de nuestro magisterio.

Cuando los viejos éramos niños, para las maestras, la enseñanza no solo era su medio de vida. Lo más importante es que era su modo de vida. Su orgullo era que todos sus alumnos aprendan. Hoy solo importa pasar de grado.

En los países nórdicos, especialmente en Finlandia, el magisterio está muy bien pagado. En algunos casos cobran más que los políticos. Pero para enseñar deben realizar estudios y prácticas que excluyen, por concurso, a los menos capaces. Su buen nivel de conocimientos y sus valores, les permiten escoger una dirigencia de calidad. Por ello, en las encuestas que miden la felicidad, están siempre en los primeros puestos.

Con excepciones, nuestra dirigencia política es ineficiente y corrupta. La revolución del conocimiento, que nos permitirá crecer, debe incluir a nuestra dirigencia, a la que debemos exigir una capacitación constante y requisitos sólidos para ejercer sus funciones. Conspira contra el anhelo de ser una nación capacitada y justa, orgullosa de sus logros, nuestra desesperanza y las organizaciones sindicales del magisterio.

Si los padres se involucran en la enseñanza de sus hijos, comprenderán la magnitud de nuestra decadencia. Y si son capaces de organizarse, creceremos culturalmente, económicamente, con ascenso social y justicia distributiva. La tecnología producirá el desplazamiento de millones de trabajadores, pero generará. como ha ocurrido históricamente, muchos más puestos laborales, para los cuáles no estamos capacitados.

Los caminos que estamos recorriendo nos llevan a la nada. Hay que encontrar nuevos senderos y nuevos protagonistas. De ese modo recuperaremos el orgullo de ser argentinos.

Debemos pensar, en forma conjunta con las comunidades, como brindar conocimiento a nuestros pueblos originarios. Hoy viven pobrísimamente. Otros pueblos originarios son prósperos empresarios. Nuestros hermanos aborígenes no son minusválidos ni físicos, ni espirituales ni intelectuales. Debemos encontrar el modo de su crecimiento en todo sentido.

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